La música de Romy Madley Croft, Oliver Sim y Jamie xx es flipante; muchos habrán escuchado sus melodías aunque no conozcan sus nombres. Este grupo inglés tiene tres discos publicados entre 2009 y 2017; son una banda prodigiosa de una sensibilidad nueva, digna de unos tiempos rigurosamente confusos. A pesar de su maravilloso sonido, el texto siguiente quiere ahondar en el concepto artístico de toda su obra, el cuál se extiende incluso a los libretos de sus discos; de hecho se intentará, mas me temo que será inevitable hablar de lo primero o de todo de forma simultánea.
¿Es el color un tipo de sonido?
Desarrollando una idea elegante y minimalista, aíslan imágenes psicodélicas de la misma naturaleza que sus canciones. Ecos, reverbs, bucles, electrónica y mucho lirismo milenial, letras esenciales, olores difusos, formas abstractas. Unir el sonido y el color.
Destellos de un lugar indescifrable al que nos conduce una música de las esferas de una oscuridad inconsumible. La materia oscura reluce por instantes en sus notas y estas imágenes simbolizan el intento de los ojos por reconocer lo efímero, lo armónico dentro de un mundo destrozado, vil, fragmentario.
Desenfoques, flashes, tintes de gasóleo, soles informes, lluvia ácida, paraísos artificiales. La evasión se va convirtiendo en sueño, la lentitud en paseo, el paseo en milagro nocturno, en delirio de pesadillas, de infraleves corrompidos por una civilización en crisis que se agarra a la sensibilidad para seguir adelante. No hay heroísmo, hay talento, espera, paciencia. El sonido llega y cómo llega...
Las grietas de la inocencia entreabren suspiros, susurros, secretos. Toques de piano, ligeras frases, descontextualización, afonismos, subidones y estelas fantasmales como nuevos versos en un mundo evanescente lleno de alucinaciones.
Las palmeras de sus ríos son de otro color, sus cielos se ven distintos. Pequeños órganos, tímidos tambores, palabras cortas, repetidas, entrecortadas, cambios de felicidad, redes multicolores, profundidad, reencuentro. Palmeras salvajes. La arruga se hace mercurio y un diálogo que no cesa va dejando caer hojas metálicas sobre pétalos de invisibilidad. Un bajo nos guía hacia una habitación oscura, un recuerdo que va iluminándose hasta la sugerencia pero no en la evidencia.
Todo es un misterio, un bit, una garganta sacando aire y notas, un instrumento con forma de cuerpo humano, una lluvia de ritmos y los ritmos suben y bajan y no van a parar porque se apoderan del mundo.
El mundo es de este trío enigmático que parece hacerlo todo bien.
Escuchan cosas que el público ignora y hacen de puente entre la materia y la energía, la electricidad convertida en dinamita sonora.
Animales de todos los colores, un zoo de platino tornasolado, himnos de la noche cantados por niños de un siglo vaciado por el cinismo del último siglo, canciones eternas creadas por infancias anuladas por el hierro de las monedas y el éxtasis de la comunicación. Cursiladas cósmicas convertidas en pretextos de gloria, de esperanza; lo humano continúa venciendo a través de cualquier canal, cualquier instrumento, ¿quién nos iba a decir que ciertas máquinas iban a servir como nidos milagrosos?
Agujeros negros, horizontes imposibles, meteoros y hormigas; la guerra de lo hermoso es infatigable y todos los colores se hacen uno cuando suena la primera nota.
Escuchar The XX es como caminar una noche entre manzanas de lujo buscando basura preciosa. Es como vagabundear sin término ni objeto buscando peligros en las sombras. Es encontrar en lo artificial un animal bestial que nos besa la nariz.
Un amanecer se hace tiniebla, una estrella se hace cuerda, la música de club crea un palacio imaginario donde todo sucedo pero es imposible de ser narrado. Todo sucede una vez, luego, sólo la memoria resiste y la resistencia es lo único que lo humano puede ejercer, una resistencia poética del mundo, desligada de todo, desligada de lo común. Entregarse al largo sonido de la iridescencia.
Manchas, siluetas de seres que nunca veremos; una caverna de Platón en clave musical, ¿dónde están los arquetipos? ¿dónde fueron las ideas? The XX lo sabe, lo oye. Lo canta.
El mar se convierte en masa fluctuante, en manta para desesperados, hogar de animales incomprendidos. Su música es alimento, sus xilófonos son llamadas de atención, son juegos angélicos; toda su música está impregnada de William Blake, de Lou Reed, de Velvet Underground, de Future Island del tema de Dido-Eminem y aunque no de forma obvia, del fascinante espíritu del inigualable Chris Isaak.
Una banda para un siglo creciente, un sonido para el futuro. Imágenes hermanas que viajan en los ojos como si fueran sueños olvidados. Somos colores, ritmo, mundo. La armonía universal reside en las pequeñas cosas. Esto es un diamante en bruto que te habla cuando te acercas.
Larga vida a The XX.