Los juicios ilógicos conducen a una experiencia nueva. Sol Lewitt Belarte debe llamarse al Arte, para excluir netamente la sensorialidad, cuyo oficio y cultivo debe llamarse Culinaria. Yo propondría como mejor nombre del Arte el de Autorística. (...) El Arte no es un fenómeno de Belleza; ésta, si existe, es la natural, de ambas Naturalezas; psíquica y física. El Arte es un fenómeno de Autorística, más personal y típica que la Autorística del saber, o Ciencia. Y la Autorística -que no copia mentes ni cosas- típica, o el Arte, nace de emoción impráctica y suscita emoción impráctica, nunca de sensación y para sensación. Macedonio Fernández

JUAN MUÑOZ EN EL PRADO, 2026



 
UNA BOCA QUE SE MUEVE

Travesuras de Juan Muñoz
 
 
La obra de este tipo es irresistible: en la senda que abrió el norteamericano George Segal en los años 60', este artista madrileño -con madera de delincuente de barrio- explotó una veta riquísima que muy pocos se atrevieron a explorar: sacar la figuración del cuadro, hacer viva la pintura y recrear las composiciones a través de lo real, más allá de las dos dimensiones. Tal vez por eso Juan Muñoz sea de alguna manera vulgar, porque se acerca a los objetos y nos los acerca sin miedo y nos obliga a acercarnos si en realidad queremos reírnos y emocionarnos. La obra de Juan Muñoz es la obra de un descalabrante mago malvado lleno de ingenios.
  
 
Su obra está compuesta de chistes arquitectónicos, de figuras sarcásticas, de seres irónicos y perplejos ante nuestra presencia. No hay obra más feérica que la suya, en realidad más anglosajona, pero eso sí, al estilo sureño. En vida, Juan Muñoz se comió al mundo del arte trtas descubrir sus fallas, sus debilidades, sus escaramuzas. Víctima de los terribles y locos años 90', Muñoz supo sacar de ese pozo de cinismo una obra monumental, a pesar de su muerte en 2001, año que frenó un porbenir que a todos nos hubiera gustado experimentar.

 
A pesar de sus envidiables éxitos, Juan Muñoz, a inicios del siglo XXI, estaba despegando como quien dice. Sus juegos comenzaban a calar en el ambiente de la cultura popular y su extraña presencia comenzaba a ser mítica, legendaria. Su desaparición repentina hizo que en su propio país, aún haya un volumen extraordinario de gente que ignoran su importancia, su existencia. De hecho, ¿por qué no fundan un museo permanente de Juan Muñoz en Madrid? ¿Por qué no potenciar a uno de los mejores artistas contemporáneos en su propia ciudad para que el mundo admire sus maravillas?
 
 
El universo de Juan Muñoz es efectivamente un retablo de las maravillas, una quijotada de narices con toques anglos y conceptos neopop que se entrelazan con vertiginosa sencillez en espacios geométricos robados al espacio museístico. Uno de los atracos fundamentales de Muñoz es el apropiacionismo sistemático de los lugares, la invasión impune de lo común para fundar nuevas realidades, momentos extraordinarios de misterio y belleza contenida.

 
Toda su obra es una superación de los años 80', una sanación del trauma de lo kinki pasado por un pasapurés estético del quince, filtrado por un tamiz vertiginoso y espurio lleno de pirita y lapislázuli, de vaciados milagrosos que actúan para el espectador sin decir una sola palabra, utilizando el gesto -repetido en variaciones idénticas- para crear horror, asombro y risa. Tres pilares fundamentales de lo humano: en definitiva, pasiones. Absolutos. Tras la superficie de sus figuras hay un corazón que late para siempre, hay una memoria que pertenece al arte, a la idea sublime.

 
Nadie ha dado tan fuerte en la mesa de lo cotidiano en los últimos treinta años, nadie se ha desviado de esta manera hacia el frenesí. Juan Muñoz es la muestra de que la movida madrileña tuvo un verdadero sentido más allá del pop blando, más allá de Warhol y su puta madre. Juan Muñoz tiene otros padres, otras lecturas: Hamilton, Goya, Aracil, Frances A. Yates, Diderot, Kenneth Clark, Suzi Gablik o Norman Bryson. Por sus sombras, sus colores, sus vitrinas, sus cuerdas, sus maderas, sus intromisiones, sus obstáculos, sus interrupciones y sus sibilinas sonrisas su obra es universal, pues paradójicamente son sólo suyas e intrasferibles y al mismo tiempo -ese cripticismo- son de todos.

 
Si Marcel Duchamp hubiera hecho en su vida algo más que jugar al ajedrez y fumar puros, habría desarrollado un trabajo parecido al de Muñoz. Parece escandaloso decirlo, pero es un hecho. Pues aunque su obra parece colosal, es en realidad una miniatura del cosmos al modo de Why Not Sneeze, Rrose Selavy? (1921), esas maquetas a modo de objetos que se acabaron llamando ready-mades, pero que en realidad eran bocetos de ideas imposibles, chistes artísticos a pequeña escala, ensayos de algo que nunca iba a suceder. El arte tal vez es eso, una mera tentativa, un chispazo. Lo sorprendente de Juan Muñoz es que consiguió encender fuego con esa minucia maravillosa y lo hizo carne. En un sentido religioso, toda la obra de Juan Muñoz es una resurrección anticipada de su propia desaparición.

 
Sin duda un artista verdadero es un artista que se la juega en cada expo, que sin metáfora de por medio, sobrevive en cada gesto y se acerca un poco más al final del tiempo. Todo el arte habla de eso, de nuestra naturaleza efímera, de lo que logramos a hacer con ella y de cómo materializamos el aire que se respira. Juan Muñoz era un experto consumado en el arte de vivir. Hoy se da mucho el patrón de artista académico, de artista de diseño, de artista estándar, porque hoy todo se cree regido por la estadística, por la funcionalidad, por una supuesta experiencia infalible. Bueno, pues hay va eso: no hay una fórmula exacta, no hay un truco para tener gracia. Juan Muñoz tenía mucha gracia y como otros grandes artistas de su tiempo como Chirino o Nacho Criado, usaron ese don para dárselo al mundo y ofrecer una promesa de felicidad de altos vuelos.



Navajas y sueños, espejos y fragmentos, una arqueología del presente en torno a lo eterno, una modalidad artística que se ríe de artístas popularmente tan frívolos como Damien Hirst o Jeff Koons, superándolos en forma y fondo, en calado, en sustancia. Juan Muñoz ofrece una filosofía completa, una crítica kantiana de lo evanescente, de la vida. Nuestra imagen, nuestra vulnerabilidad, lo inesperado, lo oculto, el disfraz, la burla, la infancia -siempre la infancia- y el eterno femenino rondando en cada sala, perturbando la percepción dada, rompiendo cristales.


 
El diálogo es infinito y la broma también, de alguna manera Juan Muñoz se acercaba a esa idea de Foster Wallace sobre la perversión de la vida y lo tenebroso en Mark Fisher. Muñoz se anticipó a un nuevo siglo copado de estupideces y banalidades, invadido de pornografía y virtualidad. Muñoz se aferró a lo físico de lo invisible y lo hizo real; tal vez lo más difícil del arte. A modo de demiurgo ultramoderno, inventó su propio barro y su propia costilla y creó un ejército de seres fantasmales llenos de magia y delicadeza, impregnados de inquietud, alevosía y descaro. Su obra es incómoda porque activa el pensamiento y luego lo destruye; su obra es taoísta, discípula de Lao-Tse, el mayor poeta de todos los tiempos.
Quizá por eso, parte de sus piezas poseen rasgos orientales.
La otra mitad, son réplicas de rostros de su propia familia.
Todo esto genera un secreto abierto, una obra abierta, llena de fugas y de síntesis que se encadenan en repeticiones sutiles, casi imperceptibles. Juan Muñoz es una flecha sin sonido que se te clava en el pecho.
 

 
Lo real es irreal y viceversa y la moneda tiene sólo una cara y el espectáculo se convierte en idea, en reflexión Pero nadie se aburre porque todo esta en marcha, porque la ligereza hace flotar las cosas y como en una película de Tarkovski, lo sagrado se eleva en momentos de trascendencia, de unión. Existe la soledad en Juan Muñoz pero siempre es compartida pues es una obra generosa que sabe que debemos estar unidos para seguir adelante, unidos aunque sea en formas extrañas, pues la amistad y el amor son las bases de lo humano, de nuestra irrisoria existencia. Todo eso aderezado con el humor espiritual de lo desconocido, de lo imprevisto. Acercarse a una de sus obras y descubrir que se mueven es algo revelador, es algo estremecedor. No hay nada parecido. Juan Muñoz iba en la dirección más arriesgada del arte, el delgado hilo de hacer vivo lo inerte. Por eso lo de la resurrección, por eso su parecido con Rafael Sanzio y su última obra maestra: La trasfigurazione (1520).

 
El diálogo de Muñoz con el Renacimiento italiano es indiscutible. La manía escultórica, el mito de las piedras blancas de Winckelmann, la figuración como celebración del sentido... Pintura, escultura: no hay frontera. Todo su obra es un espejo de la historia del arte y del futuro del arte. Artistas como él mantienen la esperanza de que todo es posible cuando se hace con corazón y con cabeza, situarse in media res para lanzar cañonazos de sensibilidad es un ejercicio al alcance de muy pocos. Los demás -la mayoría- fracasan en la mediocridad, el plagio o el academicismo. Lo original siempre ha estado en extinción, pero los verdaderos artistas siempre acaban salvando el aura de su época y construyen un escalón más en la escalera de caracol que sube hasta el siguiente juego de manos.

 
Ya se ha dicho mil veces: Juan Muñoz era un auténtico trilero -al modo de David Lynch- que de no ser por el arte, con seguridad se hubiera convertido en un estafador o un pickpocket bressoniano. Robar como forma de arte, el engaño como una de las bellas artes. Juan Muñoz es una especie de James Stephen George Boggs, aquel artista que pintaba a mano billetes de cien dólares y luego los colaba en los restaurantes. Juan Muñoz entra en esa tradición de truhanes artísticos llenos de malicia y ternura, autoirónicos, sensibles, talentosos. Tal vez algún día habría que escribir un libro sobre este tipo de seres extraordinarios que vivieron en una sociedad impracticable y sacaron oro de la catástrofe. Juan Muñoz es un alquimista sin alambique, un retratista sin lienzo. El aire es suficiente para sujetar sus marionetas: su Gran Vidrio no puede romperse, es más inteligente que cualquier partida de ajedrez.


 
Algo se mueve en el fondo, alguien te mira desde el otro lado, pero tú no lo ves. El juego del escondite ha empezado y no puede escaparte. La obra de Juan Muñoz es una trampa continua de planos superpuestos, de ordenaciones asimétricas y geometrías a lo Frank Stella. Ya hemos dicho: es como coger a Larry Poons, a Jim Dine y a Fidias y revolverlos en una termomix hasta dejarlos en punto de nieve. Es eso y mucho más: es teatro, opereta, es cine detenido, es tiempo, es materia. No sólo es visión, es carne. Es droga. Es exceso, es pesadilla. Es mentira y es verdad. Su exposición en El Prado, Juan Muñoz. Historias del Arte, es un feliz encuentro con un enorme artista lleno de nuevas energías y diagonales satánicas, es una oportunidad de vibrar y soñar, de quedarse perplejo.
 
 

 
Las Meninas se empequeñecen ante la presencia real de las esculturas que deberían quedarse -para siempre- en las galerías de la vieja pinacoteca española. Si el museo de El Prado quiere sobrevivir -y no ser devorado por los ejércitos insulsos y aburridos de turistas que lo invaden cada día con su baba y sus dólares insanos-debería abrirse a estos diálogos -de este nivel y no de otro- y dejar que camelen las obras obras de arte a su aire y digan lo que tengan que decir. Tiziano rejuvenece ante Juan Muñoz, al igual que Rubens o Tintoreto. Es necesario que el arte se enfrente al arte y juegue su personal partida de ajedrez para hacer carambolas. El Bosco debe hablar con Juan Muñoz y con Barceló y con Luis Gordillo y con Esteban Vicente. Si no, unos y otros acabarán muriendo en la parálisis. El Prado es un museo que se está convirtiendo en centro comercial con restaurante. El futuro es otro y hay que pensarlo de otra manera para que se haga realidad.

 
Mientras se acaba este texto, alguien se sube a los hombros a otra alguien y camina entre la abstracción geométrica, sobre la ilusión Tal vez sea un alter ego de Juan Muñoz o usted mismo, tal vez sea Juan Muñoz llevándonos hasta el vacío, moviendo la boca de manera imposible, haciendo realidad los sueños, las ideas, la vida. Expandiendo lo real hasta límites sin sombra.
Prodigioso.


 

JORDI TEIXIDOR, ALCALÁ 31, 2026





NO-RES
Vehículo conciencia






Qué decir, qué hacer con Jordi Teixidor, qué hacer con el hijo pródigo de la Escuela de Cuenca, convertido -en su madurez- en un místico de las formas a lo Malévich más allá de Malévich. Este admirador de Frank Stella que combina la memoria, el engaño y la razón, este discípulo del ingenio de Gustavo Torner obsesionado con las repeticiones de Monet, con las variaciones de la luz, creador de catedrales con apariencia de bandas de color, estrena una retrospectiva en Madrid (Alcalá, 31) que es, sin duda, de lo mejorcito de la temporada.







¿Qué es lo que vemos, por qué lo vemos, hacia dónde miramos? Teixidor nos trae una nueva ordenación de ese lenguaje misterioso llamado pintura, ese indescifrable código que conduce -instantáneamente- al placer de la locura o a su inversa. Sobre territorios ya investigados por pioneros como Barnett Newman o Ad Reindhardt, el valenciano propone su cuestión favorita: ¿qué es la pintura? Franjas que no llegan a ser franjas, que no cortan, que no finalizan. Juegos minúsculos llenos de laberintos con apariencia de superficies monócromas.



Hay que torcer los ojos y hay que virar el alma para emprender el trayecto y viajar por los desfiladeros erigidos por este paisajista abstracto copado de siluetas y misterios, de contraluces descubiertos a través de una cerradura, de una ranura donde los planos se agolpan.




Recuerdos de Rothko por un lado, de Gerardo Rueda por otro. Todo el universo de la abstracción sintetizado en un artista que tuvo la suerte de vivir en directo aquellas primeras décadas de esa tradición inventada por Clement Greenberg y Harold Rosenberg y que resucitó el concepto del cuadro, el concepto de la pieza artística, del objeto efímero de lo mental. Todo es la idea -el pensamiento- hasta que en los márgenes suceden cosas inesperadas.





Todo artista nace de una influencia, toda pintura es también una escultura, una arquitectura de lo trascendente como un poema de Mallarmé inventando un nuevo tipo de realidad, descubriendo lagos ocultos, nuevas fuentes del Nilo. La abstracción es un tipo de resistencia, una actitud obsesiva que se convierte en enfermedad, en pasión desenfrenada, en apuesta única. La visión es clara: sólo existe un pintor y una pintura que se expande.

 

 



Gestos de Yves Klein, de Phil Sims, de Francesco Lo Savio. Entre el vaciamiento y la negación, entre la afirmación de la vida y de la mente navega Teixidor, vislumbrando la Nada como un milagro, multiplicando los lenguajes y el mundo, encaramándose a la aurora donde la expresión se hace entendimiento, donde apartarse a un lado y observar se instaura como el único gesto poético posible.

 



Ser y mundo cohabitan en paralelo a la vida de la pintura, a la mente de un Teixidor abrumado por la relectura de la mística, por la pictórica del origen, por el terco destino de encontrar un punto de reflexión que haga avanzar la ola que redescubra el pasado donde no hay percepción pero sí conciencia.

 




Su obra es un vehículo místico donde la idea misma del Arte toma aire, cierra los ojos y se deja llevar por el frescor del viaje, por la velocidad del sonido y la palabra, rodando por encima de la carretera de las apariencias -por encima del miedo y las dudas- hasta evocar a Ellsworth Kelly y Bruno Munari, hasta soñar con Daniel Buren o El Lissitzky.






 

Su parentesco natural con la obra del inmortal Matisse, con la esencialidad de Liubov Popova, con los poemas simbolistas... le hace indestructible, como si sus muros de color rodeasen al público y le hicieran invisible, sometido a una extraña dimensión dinámica llena de trampantojos y secciones que fragmentan la realidad en sí misma, abriendo intersticios inconmensurables, de incalculada consecuencia.


 

La inmensidad de Rothko, la profundidad de Franz Kline, la extraña geometría de Lee Krasner, los cuadros de Hans Hofmann; todo está unido por una fina linea de coincidencias sublimes y juegos de baldosas fantásticas. Un auténtico camino de Oz, pero, ¿hacia dónde? Hacia una selva oscura donde la pintura es un equivalente a una máquina difusa que nos mueve hasta la idea misma del arte: ese ajedrez constituido de sonidos y palabras que no dejan de suceder.






En definitiva: una expo imprescindible, no para la temporada sino para los tiempos que corren llenos de intrusos y falsarios que están convirtiendo la cultura y el arte en memeces soporíferas. No-res de Jordi Teixidor es una exposición sobre la inexistencia, la ausencia, el vacío como imperio, como poder, como resistencia frente a una realidad adulterada, tóxica y demente. Un toque de elegancia y mesura en medio de la barbarie.



 



La sensibilidad de Teixidor es tal que, aunque no comprendamos nada, nos ayuda a asumir que nada es comprensible. Hay que dejar que el artista-mago cumpla su función dentro de la tribu. Dejarle caminar al revés, entrar en trance, hablar con los muertos. Teixidor, en una versión contemporánea del chamán, fija visiones alucinadas en trozos de tela, creando la extraña ilusión de la invidencia, de la anulación de los sentidos, del apagón sensorial. Toda mente se apaga y comienza a funcionar el instinto; fuerzas primarias, imanes crípticos dominando al observador, creando fuerzas de atracción y repulsión indiscriminadamente.
Un lujo.




 
 

 
Comisario: Ángel Calvo Ulloa

MAYO 25





Robert Henri

(1865-1929)

 

 

Hay momentos en nuestras vidas, hay momentos en un día, en los que nos parece ver más allá de lo habitual. Esos son los momentos de nuestra mayor felicidad. Tales son los momentos de nuestra mayor sabiduría. Si uno pudiera recordar su visión mediante algún tipo de señal. Con esta esperanza se inventaron las artes. Señales en el camino hacia lo que puede ser. Señales hacia un mayor conocimiento.

R. H.








Consejos:


Lucha contigo mismo cuando pintas, no con el modelo. 

Un estudiante es aquel que lucha consigo mismo, lucha por el orden.

Haz las formas de una prenda para que un viaje por sus colinas y valles sea delicioso.

Fuerza la sensación de vida y el sentido del volumen.

Piensa en la solidez mientras trabajas.

Piensa en los valores como algo que da forma, no como manchas claras y oscuras.

Aprende a dar y a recibir en el dar.

Lo que vale la pena en un paisaje es la expresión de la emoción humana en él.

Prefiero ver a un niño maravilloso que el Gran Cañón.

El brillo es ir hacia el color, no hacia el blanco. La acumulación es más fuerte que el contraste.

Un cuadro muy oscuro puede quedar bien en un marco blanco. Mira los cuadros oscuros del Petit Trianon, en Versalles, colocados en paneles de habitaciones blancas.
 
Haz lo que hagas con intensidad.
 
El punto fuerte del cuerpo humano es la belleza y el refinamiento. El cuerpo humano es estupendo.
 
Un gran pintor sabrá mucho sobre cómo lo hizo, pero aun así dirá: «¿Cómo lo hice?».
 
Imagina que estás bailando o cantando un cuadro.
 
El arte bajo es sólo contar cosas; como, Ahí está la noche. El arte elevado transmite la sensación de la noche. El segundo se acerca más a la realidad, aunque el primero es una copia.
 
La presencia de una obra de arte que amas de verdad provoca una tremenda revolución en ti.
 



 




Marzo 25



 
 
El trauma solar
Una exposición de Felipe Talo
en la catedral de Justo Gallego
 
 

Si volviésemos a la película sobre Picasso de 1956, realizada por el olvidado Clouzot -seguramente el gran cineasta de la segunda mitad de siglo XX-, descubriríamos el secreto que esconde la pintura: cruzado el umbral de lo inefable, instalados en el delirio del gesto, de la mano, las dimensiones se abren paso sobre la superficie y el artista se convierte en un genio de la lámpara de Aladino. En realidad, el artista de hoy -raza muy escasa a pesar de la invasión tormentosa de pintamonas profesionales- es más que nunca un personaje de Antoine Galland, el inventor de todo el trasunto de Las mil y una noches (A saber: ese libro donde se cortan cabezas, se habla con muertos, se beben hierbas, se habla del horror, de dátiles, de metamorfosis, de cajas mágicas, copas de bronce y negros de mármol; seres extraordinarios en definitiva). La cosa es que cuando un gran ingenio encuentra una veta, no puede dejarla. No la suelta. Le pasa como al cazador de olas gigantes: su destino es llegar hasta el final. Permanecer en el tubo. La cuestión es que para ello hay que remar mucho más de lo común y tener suerte, al menos hasta convertir a tus dedos en un psiquiátrico de colores, de formas, de ideas.


El misterio Talo es una cuestión contingente, algo incierto, que aparece y desaparece ante los ojos, que culebrea alrededor de la Belleza, vacilándola, acariciándola el culete. El erotismo que envuelve esta nueva exposición del artista barcelonés es de un grado sublime, muy bien acompasada por la arquitectura de un palacio utópico pero real, donde lo fluxus se normaliza como cotidiano, donde el trauma encuentra su sentido, su espacio y donde los sueños del artista encuentran una naturaleza gemela, ¿cuál será el destino de lo marginal de este siglo?, ¿qué será de todas las construcciones levantadas al margen de la ley?
 


El mundo es efímero, pero por un instante cobra forma de mil maneras simultáneas. Talo, como siempre ha hecho, despliega su mente por un agujerito en forma de pajita de titanio, escupiendo armonías, elaboraciones simbióticas, cloroformos y reconstrucciones del espíritu que harían desmayar al mismo Hegel (aquel que anunció nuestra liberación de la Naturaleza). Talo usa la pintura para contar una historia, por eso lo del sol, por eso lo del camino: tierra y fuego, rayos y centellas, pan e infrarrojo. Infancia y deseo, fantasía e inconsciencia. Represión, liberación a través de lo animal: lo simbólico. Todo es maleable, todo se funde, todo acompaña. La vida es darse. Entregarse. Todo se vuelve un escáner de los miedos y los pasados, de los torbellinos y los dolores convirtiéndose en biografías lunares llenas de recovecos, de genealogías ebrias y colores inesperados que cabalgan por paraísos filipinos.
La pintura es un oasis de horror que se vuelve placer, oro. Sol. Luz.
 


Lo oriental vuelve loco a Talo: por eso invoca a todos los demonios que conoce: los destroza, los estruja, los moldea, los vuelve arena, los colorea y recolorea: se rompe los sesos para que podamos ver sus alucinaciones sintácticas, que en realidad cuentan su propia historia de ser humano atrapado en una realidad obtusa que se ciega ante lo inmutable. Psicoanalizar la existencia a partir de un rayo de psiconeurosis, ¿de qué color debería ser? 
Todo lo que relata Talo es un cuento de Galland, un poema breve, una variación de espíritus y mujeres en pelotas, de mentes ultramontanas y deliciosas ninfas, de alfombras inmateriales que pisamos sin darnos cuenta, hasta que él lame con su pintura, friega, escarba y vomita hasta generar un movimiento que estremece, que atestigua una orgía diluida en la materia, como en los cuentos de Poe: ¿cuál es la finalidad esencial de mi existencia? (Lionizing, 1835)
 


Lo camí del sol es un verbena mística para emborracharse al menos varias noches, un lujo lleno de fantasmas que recoge gran parte del trabajo de Talo desde hace ya tiempo, sintetizando una estética naíf y sobrenatural convertida en fantástica por momentos, en un crisol de divanes freudianos repartidos por siglos, en tablillas mesopotámicas divididas en milenios. Todo está atrás, todo se nos viene encima. Todo va a acabar sucediendo. La pintura, el color, la memoria.

El arte de Talo siempre ha tenido algo de religioso, de sectario en el sentido narrativo-hipnótico, de discurso obsesivo-eterno. Pese a todo, siempre es disfrutable, debido a su alto grado de seducción, de maravilla, de microscopio arterial. Las moléculas, los átomos y las partículas se manifiestan ante los ojos y explotan como melodías de Satie, de Sun Ra, de Pitágoras (el fundador de lo musical). En el arte de Talo el acento romántico ha sido siempre un pilar; otros, lo cool de Lou Reed o lo paranoico-sublime de Martín Ramírez. Todos son cimientos escabrosos, apelotonados que van construyendo una magna obra que emerge como un ónfalos dentro de su calavera cuando todo cráneo es el mundo. Elohim.


En Talo se mezclan México, Europa y Melville. Un colegio inglés, un pueblo asturiano, la basílica de Padova, Torrejón de Velasco, las noches berlinesas, madrileñas y barcelonesas perdidas en una gota de absenta. Un viaje de España a Alemania con los ojos blancos atravesando los bosques. Sólo así se forman los artistas, sólo así nace una voz, un puente de la Conciencia. Un ejército de fantasmas.
Toda su obra es una novela familiar de láminas infinitas que saltan de una página a otra del mundo, de una dimensión a la siguiente, tal y como Picasso demuestra en la peli de Clouzot: una gallina puede ser un rostro, pero también un paisaje, una playa, un amanecer, un jarrón. Todo se transmuta y la magia se recrea en sí misma. Talo nos cuenta su vida en clave y cada fragmento es una escena real pasada por el tamiz de un esplendor que brilla a cada paso. Todas las exposiciones de Talo han sido la misma desde hace veinte años: un fulgor que no para y que emana de un imán llamado sol. 






Así, Lo camí del sol no es sólo un muestra plástica de la comedia de la vida, sino también una película de fotogramas inmensos y crepusculares, una serie interminable de lenguas de fuego, de explosiones, de garabatos, de bocetos (un storyboard del espíritu, de la perversión), de grafitis y esquemas psíquicos, una melodía de Schoneberg, un tratado de armonía silencioso; una mano que piensa en lo irracional para destruir los huesos y demoler estigmas bajo el palio de una catedral ultrasónica digna de ser una de las grandes maravillas de lo humano. De la voluntad. Todos los que han podido asistir a esta celebración de luz masónica podrán contar algún día que conocieron a Talo, un ser con cuernos de diablo y ojos de serpiente que -a modo de profeta plástico- acerca un cántico legendario, apareciendo y desvaneciéndose como un halo; algo que permanece en la memoria como un haz ultravioleta.