Los juicios ilógicos conducen a una experiencia nueva. Sol Lewitt Belarte debe llamarse al Arte, para excluir netamente la sensorialidad, cuyo oficio y cultivo debe llamarse Culinaria. Yo propondría como mejor nombre del Arte el de Autorística. (...) El Arte no es un fenómeno de Belleza; ésta, si existe, es la natural, de ambas Naturalezas; psíquica y física. El Arte es un fenómeno de Autorística, más personal y típica que la Autorística del saber, o Ciencia. Y la Autorística -que no copia mentes ni cosas- típica, o el Arte, nace de emoción impráctica y suscita emoción impráctica, nunca de sensación y para sensación. Macedonio Fernández

THE XX: OBJETO VOLADOR NO IDENTIFICADO

 

La música de Romy Madley Croft, Oliver Sim y Jamie xx es flipante; muchos habrán escuchado sus melodías aunque no conozcan sus nombres. Este grupo inglés tiene tres discos publicados entre 2009 y 2017; son una banda prodigiosa de una sensibilidad nueva, digna de unos tiempos rigurosamente confusos. A pesar de su maravilloso sonido, el texto siguiente quiere ahondar en el concepto artístico de toda su obra, el cuál se extiende incluso a los libretos de sus discos; de hecho se intentará, mas me temo que será inevitable hablar de lo primero o de todo de forma simultánea.

¿Es el color un tipo de sonido?


Desarrollando una idea elegante y minimalista, aíslan imágenes psicodélicas de la misma naturaleza que sus canciones. Ecos, reverbs, bucles, electrónica y mucho lirismo milenial, letras esenciales, olores difusos, formas abstractas. Unir el sonido y el color.

Destellos de un lugar indescifrable al que nos conduce una música de las esferas de una oscuridad inconsumible. La materia oscura reluce por instantes en sus notas y estas imágenes simbolizan el intento de los ojos por reconocer lo efímero, lo armónico dentro de un mundo destrozado, vil, fragmentario.
Desenfoques, flashes, tintes de gasóleo, soles informes, lluvia ácida, paraísos artificiales. La evasión se va convirtiendo en sueño, la lentitud en paseo, el paseo en milagro nocturno, en delirio de pesadillas, de infraleves corrompidos por una civilización en crisis que se agarra a la sensibilidad para seguir adelante. No hay heroísmo, hay talento, espera, paciencia. El sonido llega y cómo llega...
Las grietas de la inocencia entreabren suspiros, susurros, secretos. Toques de piano, ligeras frases, descontextualización, afonismos, subidones y estelas fantasmales como nuevos versos en un mundo evanescente lleno de alucinaciones.
Las palmeras de sus ríos son de otro color, sus cielos se ven distintos. Pequeños órganos, tímidos tambores, palabras cortas, repetidas, entrecortadas, cambios de felicidad, redes multicolores, profundidad, reencuentro. Palmeras salvajes. La arruga se hace mercurio y un diálogo que no cesa va dejando caer hojas metálicas sobre pétalos de invisibilidad. Un bajo nos guía hacia una habitación oscura, un recuerdo que va iluminándose hasta la sugerencia pero no en la evidencia.
Todo es un misterio, un bit, una garganta sacando aire y notas, un instrumento con forma de cuerpo humano, una lluvia de ritmos y los ritmos suben y bajan y no van a parar porque se apoderan del mundo.
El mundo es de este trío enigmático que parece hacerlo todo bien.
Escuchan cosas que el público ignora y hacen de puente entre la materia y la energía, la electricidad convertida en dinamita sonora.

Animales de todos los colores, un zoo de platino tornasolado, himnos de la noche cantados por niños de un siglo vaciado por el cinismo del último siglo, canciones eternas creadas por infancias anuladas por el hierro de las monedas y el éxtasis de la comunicación. Cursiladas cósmicas convertidas en pretextos de gloria, de esperanza; lo humano continúa venciendo a través de cualquier canal, cualquier instrumento, ¿quién nos iba a decir que ciertas máquinas iban a servir como nidos milagrosos?
Agujeros negros, horizontes imposibles, meteoros y hormigas; la guerra de lo hermoso es infatigable y todos los colores se hacen uno cuando suena la primera nota.
Escuchar The XX es como caminar una noche entre manzanas de lujo buscando basura preciosa. Es como vagabundear sin término ni objeto buscando peligros en las sombras. Es encontrar en lo artificial un animal bestial que nos besa la nariz.
Un amanecer se hace tiniebla, una estrella se hace cuerda, la música de club crea un palacio imaginario donde todo sucedo pero es imposible de ser narrado. Todo sucede una vez, luego, sólo la memoria resiste y la resistencia es lo único que lo humano puede ejercer, una resistencia poética del mundo, desligada de todo, desligada de lo común. Entregarse al largo sonido de la iridescencia.
Manchas, siluetas de seres que nunca veremos; una caverna de Platón en clave musical, ¿dónde están los arquetipos? ¿dónde fueron las ideas? The XX lo sabe, lo oye. Lo canta.
El mar se convierte en masa fluctuante, en manta para desesperados, hogar de animales incomprendidos. Su música es alimento, sus xilófonos son llamadas de atención, son juegos angélicos; toda su música está impregnada de William Blake, de Lou Reed, de Velvet Underground, de Future Island del tema de Dido-Eminem y aunque no de forma obvia, del fascinante espíritu del inigualable Chris Isaak.
Una banda para un siglo creciente, un sonido para el futuro. Imágenes hermanas que viajan en los ojos como si fueran sueños olvidados. Somos colores, ritmo, mundo. La armonía universal reside en las pequeñas cosas. Esto es un diamante en bruto que te habla cuando te acercas.
Larga vida a The XX.













JUAN MUÑOZ EN EL PRADO, 2026



 
UNA BOCA QUE SE MUEVE

Travesuras de Juan Muñoz
 
 
La obra de este tipo es irresistible: en la senda que abrió el norteamericano George Segal en los años 60', este artista madrileño -con madera de delincuente de barrio- explotó una veta riquísima que muy pocos se atrevieron a explorar: sacar la figuración del cuadro, hacer viva la pintura y recrear las composiciones a través de lo real, más allá de las dos dimensiones. Tal vez por eso Juan Muñoz sea de alguna manera vulgar, porque se acerca a los objetos y nos los acerca sin miedo y nos obliga a acercarnos si en realidad queremos reírnos y emocionarnos. La obra de Juan Muñoz es la obra de un descalabrante mago malvado lleno de ingenios.
  
 
Su obra está compuesta de chistes arquitectónicos, de figuras sarcásticas, de seres irónicos y perplejos ante nuestra presencia. No hay obra más feérica que la suya, en realidad más anglosajona, pero eso sí, al estilo sureño. En vida, Juan Muñoz se comió al mundo del arte trtas descubrir sus fallas, sus debilidades, sus escaramuzas. Víctima de los terribles y locos años 90', Muñoz supo sacar de ese pozo de cinismo una obra monumental, a pesar de su muerte en 2001, año que frenó un porbenir que a todos nos hubiera gustado experimentar.

 
A pesar de sus envidiables éxitos, Juan Muñoz, a inicios del siglo XXI, estaba despegando como quien dice. Sus juegos comenzaban a calar en el ambiente de la cultura popular y su extraña presencia comenzaba a ser mítica, legendaria. Su desaparición repentina hizo que en su propio país, aún haya un volumen extraordinario de gente que ignoran su importancia, su existencia. De hecho, ¿por qué no fundan un museo permanente de Juan Muñoz en Madrid? ¿Por qué no potenciar a uno de los mejores artistas contemporáneos en su propia ciudad para que el mundo admire sus maravillas?
 
 
El universo de Juan Muñoz es efectivamente un retablo de las maravillas, una quijotada de narices con toques anglos y conceptos neopop que se entrelazan con vertiginosa sencillez en espacios geométricos robados al espacio museístico. Uno de los atracos fundamentales de Muñoz es el apropiacionismo sistemático de los lugares, la invasión impune de lo común para fundar nuevas realidades, momentos extraordinarios de misterio y belleza contenida.

 
Toda su obra es una superación de los años 80', una sanación del trauma de lo kinki pasado por un pasapurés estético del quince, filtrado por un tamiz vertiginoso y espurio lleno de pirita y lapislázuli, de vaciados milagrosos que actúan para el espectador sin decir una sola palabra, utilizando el gesto -repetido en variaciones idénticas- para crear horror, asombro y risa. Tres pilares fundamentales de lo humano: en definitiva, pasiones. Absolutos. Tras la superficie de sus figuras hay un corazón que late para siempre, hay una memoria que pertenece al arte, a la idea sublime.

 
Nadie ha dado tan fuerte en la mesa de lo cotidiano en los últimos treinta años, nadie se ha desviado de esta manera hacia el frenesí. Juan Muñoz es la muestra de que la movida madrileña tuvo un verdadero sentido más allá del pop blando, más allá de Warhol y su puta madre. Juan Muñoz tiene otros padres, otras lecturas: Hamilton, Goya, Aracil, Frances A. Yates, Diderot, Kenneth Clark, Suzi Gablik o Norman Bryson. Por sus sombras, sus colores, sus vitrinas, sus cuerdas, sus maderas, sus intromisiones, sus obstáculos, sus interrupciones y sus sibilinas sonrisas su obra es universal, pues paradójicamente son sólo suyas e intrasferibles y al mismo tiempo -ese cripticismo- son de todos.

 
Si Marcel Duchamp hubiera hecho en su vida algo más que jugar al ajedrez y fumar puros, habría desarrollado un trabajo parecido al de Muñoz. Parece escandaloso decirlo, pero es un hecho. Pues aunque su obra parece colosal, es en realidad una miniatura del cosmos al modo de Why Not Sneeze, Rrose Selavy? (1921), esas maquetas a modo de objetos que se acabaron llamando ready-mades, pero que en realidad eran bocetos de ideas imposibles, chistes artísticos a pequeña escala, ensayos de algo que nunca iba a suceder. El arte tal vez es eso, una mera tentativa, un chispazo. Lo sorprendente de Juan Muñoz es que consiguió encender fuego con esa minucia maravillosa y lo hizo carne. En un sentido religioso, toda la obra de Juan Muñoz es una resurrección anticipada de su propia desaparición.

 
Sin duda un artista verdadero es un artista que se la juega en cada expo, que sin metáfora de por medio, sobrevive en cada gesto y se acerca un poco más al final del tiempo. Todo el arte habla de eso, de nuestra naturaleza efímera, de lo que logramos a hacer con ella y de cómo materializamos el aire que se respira. Juan Muñoz era un experto consumado en el arte de vivir. Hoy se da mucho el patrón de artista académico, de artista de diseño, de artista estándar, porque hoy todo se cree regido por la estadística, por la funcionalidad, por una supuesta experiencia infalible. Bueno, pues hay va eso: no hay una fórmula exacta, no hay un truco para tener gracia. Juan Muñoz tenía mucha gracia y como otros grandes artistas de su tiempo como Chirino o Nacho Criado, usaron ese don para dárselo al mundo y ofrecer una promesa de felicidad de altos vuelos.



Navajas y sueños, espejos y fragmentos, una arqueología del presente en torno a lo eterno, una modalidad artística que se ríe de artístas popularmente tan frívolos como Damien Hirst o Jeff Koons, superándolos en forma y fondo, en calado, en sustancia. Juan Muñoz ofrece una filosofía completa, una crítica kantiana de lo evanescente, de la vida. Nuestra imagen, nuestra vulnerabilidad, lo inesperado, lo oculto, el disfraz, la burla, la infancia -siempre la infancia- y el eterno femenino rondando en cada sala, perturbando la percepción dada, rompiendo cristales.


 
El diálogo es infinito y la broma también, de alguna manera Juan Muñoz se acercaba a esa idea de Foster Wallace sobre la perversión de la vida y lo tenebroso en Mark Fisher. Muñoz se anticipó a un nuevo siglo copado de estupideces y banalidades, invadido de pornografía y virtualidad. Muñoz se aferró a lo físico de lo invisible y lo hizo real; tal vez lo más difícil del arte. A modo de demiurgo ultramoderno, inventó su propio barro y su propia costilla y creó un ejército de seres fantasmales llenos de magia y delicadeza, impregnados de inquietud, alevosía y descaro. Su obra es incómoda porque activa el pensamiento y luego lo destruye; su obra es taoísta, discípula de Lao-Tse, el mayor poeta de todos los tiempos.
Quizá por eso, parte de sus piezas poseen rasgos orientales.
La otra mitad, son réplicas de rostros de su propia familia.
Todo esto genera un secreto abierto, una obra abierta, llena de fugas y de síntesis que se encadenan en repeticiones sutiles, casi imperceptibles. Juan Muñoz es una flecha sin sonido que se te clava en el pecho.
 

 
Lo real es irreal y viceversa y la moneda tiene sólo una cara y el espectáculo se convierte en idea, en reflexión Pero nadie se aburre porque todo esta en marcha, porque la ligereza hace flotar las cosas y como en una película de Tarkovski, lo sagrado se eleva en momentos de trascendencia, de unión. Existe la soledad en Juan Muñoz pero siempre es compartida pues es una obra generosa que sabe que debemos estar unidos para seguir adelante, unidos aunque sea en formas extrañas, pues la amistad y el amor son las bases de lo humano, de nuestra irrisoria existencia. Todo eso aderezado con el humor espiritual de lo desconocido, de lo imprevisto. Acercarse a una de sus obras y descubrir que se mueven es algo revelador, es algo estremecedor. No hay nada parecido. Juan Muñoz iba en la dirección más arriesgada del arte, el delgado hilo de hacer vivo lo inerte. Por eso lo de la resurrección, por eso su parecido con Rafael Sanzio y su última obra maestra: La trasfigurazione (1520).

 
El diálogo de Muñoz con el Renacimiento italiano es indiscutible. La manía escultórica, el mito de las piedras blancas de Winckelmann, la figuración como celebración del sentido... Pintura, escultura: no hay frontera. Todo su obra es un espejo de la historia del arte y del futuro del arte. Artistas como él mantienen la esperanza de que todo es posible cuando se hace con corazón y con cabeza, situarse in media res para lanzar cañonazos de sensibilidad es un ejercicio al alcance de muy pocos. Los demás -la mayoría- fracasan en la mediocridad, el plagio o el academicismo. Lo original siempre ha estado en extinción, pero los verdaderos artistas siempre acaban salvando el aura de su época y construyen un escalón más en la escalera de caracol que sube hasta el siguiente juego de manos.

 
Ya se ha dicho mil veces: Juan Muñoz era un auténtico trilero -al modo de David Lynch- que de no ser por el arte, con seguridad se hubiera convertido en un estafador o un pickpocket bressoniano. Robar como forma de arte, el engaño como una de las bellas artes. Juan Muñoz es una especie de James Stephen George Boggs, aquel artista que pintaba a mano billetes de cien dólares y luego los colaba en los restaurantes. Juan Muñoz entra en esa tradición de truhanes artísticos llenos de malicia y ternura, autoirónicos, sensibles, talentosos. Tal vez algún día habría que escribir un libro sobre este tipo de seres extraordinarios que vivieron en una sociedad impracticable y sacaron oro de la catástrofe. Juan Muñoz es un alquimista sin alambique, un retratista sin lienzo. El aire es suficiente para sujetar sus marionetas: su Gran Vidrio no puede romperse, es más inteligente que cualquier partida de ajedrez.


 
Algo se mueve en el fondo, alguien te mira desde el otro lado, pero tú no lo ves. El juego del escondite ha empezado y no puede escaparte. La obra de Juan Muñoz es una trampa continua de planos superpuestos, de ordenaciones asimétricas y geometrías a lo Frank Stella. Ya hemos dicho: es como coger a Larry Poons, a Jim Dine y a Fidias y revolverlos en una termomix hasta dejarlos en punto de nieve. Es eso y mucho más: es teatro, opereta, es cine detenido, es tiempo, es materia. No sólo es visión, es carne. Es droga. Es exceso, es pesadilla. Es mentira y es verdad. Su exposición en El Prado, Juan Muñoz. Historias del Arte, es un feliz encuentro con un enorme artista lleno de nuevas energías y diagonales satánicas, es una oportunidad de vibrar y soñar, de quedarse perplejo.
 
 

 
Las Meninas se empequeñecen ante la presencia real de las esculturas que deberían quedarse -para siempre- en las galerías de la vieja pinacoteca española. Si el museo de El Prado quiere sobrevivir -y no ser devorado por los ejércitos insulsos y aburridos de turistas que lo invaden cada día con su baba y sus dólares insanos-debería abrirse a estos diálogos -de este nivel y no de otro- y dejar que camelen las obras obras de arte a su aire y digan lo que tengan que decir. Tiziano rejuvenece ante Juan Muñoz, al igual que Rubens o Tintoreto. Es necesario que el arte se enfrente al arte y juegue su personal partida de ajedrez para hacer carambolas. El Bosco debe hablar con Juan Muñoz y con Barceló y con Luis Gordillo y con Esteban Vicente. Si no, unos y otros acabarán muriendo en la parálisis. El Prado es un museo que se está convirtiendo en centro comercial con restaurante. El futuro es otro y hay que pensarlo de otra manera para que se haga realidad.

 
Mientras se acaba este texto, alguien se sube a los hombros a otra alguien y camina entre la abstracción geométrica, sobre la ilusión Tal vez sea un alter ego de Juan Muñoz o usted mismo, tal vez sea Juan Muñoz llevándonos hasta el vacío, moviendo la boca de manera imposible, haciendo realidad los sueños, las ideas, la vida. Expandiendo lo real hasta límites sin sombra.
Prodigioso.


 

JORDI TEIXIDOR, ALCALÁ 31, 2026





NO-RES
Vehículo conciencia






Qué decir, qué hacer con Jordi Teixidor, qué hacer con el hijo pródigo de la Escuela de Cuenca, convertido -en su madurez- en un místico de las formas a lo Malévich más allá de Malévich. Este admirador de Frank Stella que combina la memoria, el engaño y la razón, este discípulo del ingenio de Gustavo Torner obsesionado con las repeticiones de Monet, con las variaciones de la luz, creador de catedrales con apariencia de bandas de color, estrena una retrospectiva en Madrid (Alcalá, 31) que es, sin duda, de lo mejorcito de la temporada.







¿Qué es lo que vemos, por qué lo vemos, hacia dónde miramos? Teixidor nos trae una nueva ordenación de ese lenguaje misterioso llamado pintura, ese indescifrable código que conduce -instantáneamente- al placer de la locura o a su inversa. Sobre territorios ya investigados por pioneros como Barnett Newman o Ad Reindhardt, el valenciano propone su cuestión favorita: ¿qué es la pintura? Franjas que no llegan a ser franjas, que no cortan, que no finalizan. Juegos minúsculos llenos de laberintos con apariencia de superficies monócromas.



Hay que torcer los ojos y hay que virar el alma para emprender el trayecto y viajar por los desfiladeros erigidos por este paisajista abstracto copado de siluetas y misterios, de contraluces descubiertos a través de una cerradura, de una ranura donde los planos se agolpan.




Recuerdos de Rothko por un lado, de Gerardo Rueda por otro. Todo el universo de la abstracción sintetizado en un artista que tuvo la suerte de vivir en directo aquellas primeras décadas de esa tradición inventada por Clement Greenberg y Harold Rosenberg y que resucitó el concepto del cuadro, el concepto de la pieza artística, del objeto efímero de lo mental. Todo es la idea -el pensamiento- hasta que en los márgenes suceden cosas inesperadas.





Todo artista nace de una influencia, toda pintura es también una escultura, una arquitectura de lo trascendente como un poema de Mallarmé inventando un nuevo tipo de realidad, descubriendo lagos ocultos, nuevas fuentes del Nilo. La abstracción es un tipo de resistencia, una actitud obsesiva que se convierte en enfermedad, en pasión desenfrenada, en apuesta única. La visión es clara: sólo existe un pintor y una pintura que se expande.

 

 



Gestos de Yves Klein, de Phil Sims, de Francesco Lo Savio. Entre el vaciamiento y la negación, entre la afirmación de la vida y de la mente navega Teixidor, vislumbrando la Nada como un milagro, multiplicando los lenguajes y el mundo, encaramándose a la aurora donde la expresión se hace entendimiento, donde apartarse a un lado y observar se instaura como el único gesto poético posible.

 



Ser y mundo cohabitan en paralelo a la vida de la pintura, a la mente de un Teixidor abrumado por la relectura de la mística, por la pictórica del origen, por el terco destino de encontrar un punto de reflexión que haga avanzar la ola que redescubra el pasado donde no hay percepción pero sí conciencia.

 




Su obra es un vehículo místico donde la idea misma del Arte toma aire, cierra los ojos y se deja llevar por el frescor del viaje, por la velocidad del sonido y la palabra, rodando por encima de la carretera de las apariencias -por encima del miedo y las dudas- hasta evocar a Ellsworth Kelly y Bruno Munari, hasta soñar con Daniel Buren o El Lissitzky.






 

Su parentesco natural con la obra del inmortal Matisse, con la esencialidad de Liubov Popova, con los poemas simbolistas... le hace indestructible, como si sus muros de color rodeasen al público y le hicieran invisible, sometido a una extraña dimensión dinámica llena de trampantojos y secciones que fragmentan la realidad en sí misma, abriendo intersticios inconmensurables, de incalculada consecuencia.


 

La inmensidad de Rothko, la profundidad de Franz Kline, la extraña geometría de Lee Krasner, los cuadros de Hans Hofmann; todo está unido por una fina linea de coincidencias sublimes y juegos de baldosas fantásticas. Un auténtico camino de Oz, pero, ¿hacia dónde? Hacia una selva oscura donde la pintura es un equivalente a una máquina difusa que nos mueve hasta la idea misma del arte: ese ajedrez constituido de sonidos y palabras que no dejan de suceder.






En definitiva: una expo imprescindible, no para la temporada sino para los tiempos que corren llenos de intrusos y falsarios que están convirtiendo la cultura y el arte en memeces soporíferas. No-res de Jordi Teixidor es una exposición sobre la inexistencia, la ausencia, el vacío como imperio, como poder, como resistencia frente a una realidad adulterada, tóxica y demente. Un toque de elegancia y mesura en medio de la barbarie.



 



La sensibilidad de Teixidor es tal que, aunque no comprendamos nada, nos ayuda a asumir que nada es comprensible. Hay que dejar que el artista-mago cumpla su función dentro de la tribu. Dejarle caminar al revés, entrar en trance, hablar con los muertos. Teixidor, en una versión contemporánea del chamán, fija visiones alucinadas en trozos de tela, creando la extraña ilusión de la invidencia, de la anulación de los sentidos, del apagón sensorial. Toda mente se apaga y comienza a funcionar el instinto; fuerzas primarias, imanes crípticos dominando al observador, creando fuerzas de atracción y repulsión indiscriminadamente.
Un lujo.




 
 

 
Comisario: Ángel Calvo Ulloa