EL ARTE ES MORIRTE DE FRÍO

UN VERDOR TERRIBLE - BENJAMÍN LABATUT


 
Labatutadas
 
(Apuntes sobre una novela 
sobre la catástrofe de la identidad)
 
 

 
Suicidios nazis, Göring y las cápsulas de cianuro, Bruckener y Beethoven, el pastor alemán de Hitler -un tal Blondi-, la extraña incineración de Göring, la historia del cianuro que nos lleva a pensar en el color azul: azul Prusia. ¿Es esta novela un texto cromático, sensualista? Se cuenta la historia del carmín vinculado al imperio español, se cuenta el origen del color azul en los egipcios. Se habla de Diepel, de Swedenborg y otros estafadores psicópatas que experimentaban con la mente y las sustancias vendiendo el elixir de la vida: ¿no es esta la misión de la literatura?
 
 

 
Pero la cosa no acaba ahí: los experimentos de Niepel inspiran a Mary Shelley y a Carl W. Scheele para -mediante el arsénico llegar a conseguir un color verde esmeralda que acabará siendo el color favorito de Napoleón, quien a su vez obligó a pintar de ese color las paredes de su habitación en la isla de Santa Elena y donde -hay que recordarlo- murió de cáncer. Labatut nos cuenta que ese color verde esmeralda estaba hecho a partir de cianuro, sustancia que le lleva a desarrollar dos historias más: la estrambótica vida de Rasputín y la del misterioso Alan Turing.
 
 

 
De los insecticidas pasamos al devastador gas sarin que provocó la gran masacre de Ypres durante la I Guerra Mundial, responsabilidad directa de Fritz Haber un criminal de guerra cuya mujer se acaba suicidando y quien en 1907 extrae nitrógeno del aire y descubre que el mejor abono de los campos son los huesos humanos. Este personaje de la pesadilla nazi -especialista en pesticidas y todo tipo de gases mortales- fue el inventor del gas Zyklon, el gas más tristemente famoso del terrible holocausto nazi; él -que era judío-  murió huyendo de Alemania en 1934. 
 
 

 
Hasta aquí la primera parte de una novela que vive a dos aguas entre historia de la ciencia, historia del color e historia de los holocaustos, por lo que mezcla Historia pura, con narrativas como las de Asimov o Bill Brysson. ¿Es Labatut un narrador-divulgador?
El escritor chileno vuelve arrancar la novela con un judío: Einstein y su solución -desarrollo- a la teoría de la relatividad donde habla de eclipses, deformaciones del espacio y de una hipotética expulsión de la Tierra del Sistema Solar. Plantea un Universo semiesférico, visiones dentro de la singularidad, abismos, puntos ciegos y la existencia de un sol negro; como si la novela fuese una película de Stanley Kubrick, ¿es Un verdor terrible una novela-film?
 
 

De ahí parte a la tercera zona de la novela donde abarca lo matemático y la historia del blog de Mochizuki -a+ b = c- y la historia de Alexander Grothendieck, ser extraordinario que soluciona todos los teoremas posibles hasta que descubre el horror, el abismo del conocimiento. Ve algo terrible e inexplicable: abandona la matemática y se refugia en la música y la pobreza.
En un cuarto nivel, Labatut entra en una zona de incertidumbre contando la historia de heisenberg y del terrible azar ingobernable que a todos nos rodea. Menciona al inventor de los Rayos X -Duque de Broglie-, quien fue telegrafista en la torre Eifel y que acabará siendo un misterioso escultor de excrementos. De Broglie, en 1924, presentó sus investigaciones sobre la teoría cuántica donde hablaba de átomos, partículas, ondas y luces, tomando los conceptos de Einstein de olas de luz, destacando las propiedades contradictorias de lo continuo. Se descubre que la materia es dual y que puede estar en distintos lugares al mismo tiempo. Nace el mundo cuántico.
 
 
Labatut nos lleva por el universo de lo invisible: de los avistamientos del fuego de San Telmo hasta la descuartización de un caballo en Viena  a manos de un grupo de mujeres, habla de la hipersensibilidad auditiva de Schrodinger, de Schopenhauer y del Vedanta -esoterísmo filosófico- y de cómo la influencia de De Broglie conduce a la novela a tener pesadillas con una mujer negra que baila sobre el cadáver de su marido y a la descripción de la extraordinaria vida reproductiva de los pulgones.
La Naturaleza se basa en la sobreabundancia, en la pura violencia, en la pura compulsión instintiva. No existe el pensamiento. Pero Schrodinger afirma que -volviendo a las partículas- hay algo que se sale de las 3 dimensiones: nacen las olas de Schrodinger, el más allá de Schrodinger. Los electrones son ondas que se unen al hinduísmo, al Vedanta y al Ramayana hasta confluir en la pesadilla de la diosa Kali; la luz es un recurso infinito, la evolución futura de todas las cosas.
 
 
Labatut nos mete en un laberinto donde lo biográfico se confunde con el cuento: parece ser que Heisenberg, desesperado en sus investigaciones, prueba un brebaje verde que destruye la conciencia del tiempo; dejamos de estar en el mundo. Los personajes se convierten en partículas y aceptan que el conocimiento llega a un límite; tras él, siempre está el horror. La catástrofe. En este mundo abstracto se nos dice que los objetos cuánticos no tienen una identidad definida y viven en medio de un espacio de posibilidades.
La metáfora es clara.
Labatut lanza su aguijón. 
¿Es esta una novela polibiográfica o una novela existencial? 
Schrodinger -como si fuera a su vez un novelista- hilvana todos los destinos y superpone todas esas posibilidades, todas esas ideas de ser para que todo tenga cierto sentido. 
Al mismo tiempo, Heisenberg y Bohr crean la Nueva Física: el fin del determinismo. Por primera vez la realidad nos deja ver el mundo con sus ojos verdes. Todo es terrorífico, impalpable. La física cuántica se dibuja asó como un abanico de posibilidades -cuasifractal-, un reino de maravilla y extrañeza basada en un tipo de matemática pura, de lenguaje puro que nadie puede leer. Una novela imposible, un poema críptico: la ciencia se convierte en literatura cuando las ideas son el único flujo de consistencia y la ficción es una constante dentro del argumento. 

 

El final de la novela nos habla de conferencias -los chalados hablan entre sí-, de cómo todos los grandes científicos se reúnen en Copenhague, donde se decide que cada electrón sólo existe cuando se lo mide -cuando se le encuentra y se le mira-, pues siempre está en movimiento, en varios lugares a la vez, disperso, seminvisible. Las partículas son inexistentes hasta que se las mira, hasta que se las mide: ¿qué puede decirse entonces sobre la estructura de la realidad? ¿qué puede decirse de la configuración básica del mundo?
 
 
Los seres no son cosas sino posibilidades de materia y el mundo real no existe tal y como lo pensamos pero, ¿podemos pensarlo? ¿podemos conocerlo? Pasamos de ser observadores a actores en medio de una obra que ha llegado a su límite: la ciencia no puede llegar más allá, no se puede clasificar el infinito, la memoria humana no está hecha para eso; cada mediación altera el objeto, la abundancia protege el milagro. Nunca llegaremos a saber qué nos rodea en realidad. Nuestro fin no es ese. 
El precio de intentarlo: la locura.
Los resultados ya no son el camino de la ciencia.
La física cuántica se basa en el sin sentido y por primera vez se solapa con el arte, de cierta manera. 
No hay leyes naturales, no hay normas.
Tantear en la oscuridad rodeados de colores venenosos. 
La Naturaleza improvisa con cartas innumerables.
La literatura es infinita: por eso se puede contar esta historia.
Labatut lo demuestra como un si fuese un científico de las palabras,
un creador de olas de bellas palabras. 
 


P. D.: parece ser que Einstein no se rindió y hasta su muerte intentó crear una teoría unificada de la física clásica y la nueva. La mecánica cuántica era considerada por él como los delirios de un paranoico excéntricamente inteligente y por tanto, capaz de falsear las matemáticas para hacer lógico un absurdo, un delirio. Tal vez Labatut nos ha contado en esta novela un cuento de terror con un final estremecedor donde los humanos -muy pronto y muy a su pesar- no sabrán muy bien qué es ser humanos desde el momento en que los físicos han dejado de entender el mundo, han arrojado la toalla y han permitido que nos gobierne un verdor terrible, un veneno llamado incertidumbre. 

 
 
 

CHEMA MADOZ o El principio

 

 

 

CHEMA MADOZ

o El principio 

 

 

 

Casi la totalidad del público conoce -o debería conocer- parte de la obra del fotógrafo madrileño Chema Madoz. Artista nacido de la pseudo-ola cultural de la Movida de los años 80', su estilo no se dejó atrapar por los colores vivos y la repetición superficial de banalidades, o lo que es lo mismo, desechó la opción de desarrollarse como un artista pop. Se sabe -desde sus inicios- que lo suyo es un arte meticuloso, lento y detallado, basado profundamente en los juegos visuales, en la metáfora, la metonimia, el oxímoron y cualquier figura que ofrezca a la realidad, al menos, varios significados.

Muchas de sus fotografías se han convertido en iconos aislados de una manera de mirar las cosas, en un ejército de momentos ingeniosos donde las cosquillas de la mente -y a veces del humor- se hacen poderosas. La obra de Madoz ha ido creciendo exponencialmente y se expande y multiplica como un virus. Hay exposiciones de Madoz por todos lados y en todos sitios. Sus greguerías visuales, sus homenajes magrittianos y su peculiar surrealismo evoluciona por momentos, casi imperceptiblemente desde hace 40 años. Su invasión de la realidad es silenciosa pero efectiva.
 


Es difícil que alguien no reconozca un Chema Madoz, más fácil es que alguien no le ponga cara al artista, pero su obra está enquistada en la cultura fotográfica de una manera singular y con pilares muy firmes. La demostración de que Madoz es un verdadero artista es el nivel de obsesión que muestran sus formas, sus objetos, sus ideas, todas en fila india esperando su momento a ser descifradas o imaginadas. En realidad la obra de Madoz funciona como un teatro de dimensiones donde el ojo entra en un mundo donde las relaciones entre las cosas cambian hasta llegar, en ciertos momentos, al mundo poético. En referencia a ello, habría que destacar una primera línea de sus obras al principio de su carrera de una especial relevancia: fotografías realizadas en exteriores, a veces con la aparición del rastro humano -excepcional en casi la totalidad de su obra- y con un juego mayor de sugestión y más poderoso, que tal vez se ha ido perdiendo o acomodándose sobre los objetos. 


 
No esta una crítica de decadencia, pero sí de aburguesamiento en la estética madoziana. Al ir sacando el factor humano de sus fotografías y juegos, el objeto va perdiendo el alma hasta convertirse en una especie de fetiche o talismán -en el mejor de los casos- cuando no en una mera cosa sobre la que se actúa sin un efecto poderoso. Se comprende que una carrera tan dilatada como la de Madoz no puede estar plagada constantemente de milagros, pero el análisis pertinente descifra un aislamiento del propio artista, distanciándose cada vez más de la piel y el gesto humanos, para quedarse a solas con la materia que -por cierto- ni habla ni se queja y lo mejor de todo, no interrumpe y no da problemas.


 
Uno de los peligros de trabajar exclusivamente con objetos es el de caer inconscientemente en un mundo estetizante, decorativo. Hoy día el arte peca mucho de decorativo, de objeto armónico, de elemento de diseño. El arte no tiene nada que ver con estos mundos del maridaje y el conjuntado, de la linea fina y el tono arena del salón que pega con el sofá. El gran riesgo que sufre la obra de Madoz es ser entendida como elemento decorativo puro, de nitidez potable, de elemento de lujo. La fama de Madoz ha hecho que esto sea inevitable y gran parte de sus obras se encuentren en manos de particulares que conjugan los tonos madozianos con los colores de su alfombra monócroma. 
 
 
La ausencia de humanidad en sus fotografías conduce a la obra de Madoz al mundo del materialismo y muchas veces al de la superficialidad o el vacío. El nihilismo es inevitable en muchas de sus obras y cuando el ingenio o la fuerza de la imagen no es suficiente, su obra produce un efecto aséptico, artificial. Moverse con objetos cotidianos tiene un precio, desarrollar demasiadas ideas y tratarlas como si fueran brillantes, también. Le pasó a Gómez de la Serna, le ocurrió a Magritte y a Apollinaire: muchas de sus obras han caducado por falta de vigor relacional, de magia suficiente. Madoz, cuando es inigualable, ejerce su arte como un mago -y nos demuestra que la realidad es infinita y flexible-, pero cuando no acierta -que se produce más a menudo- produce indiferencia, desencanto. Por ello, vuelvan a sus primeros trabajos y descubran una de sus vertiente menos conocidas y quizás, la más poderosa y que nunca debió abandonar.
 








LAS MENTIRAS DE JOAN FONTCUBERTA: INTRODUCCIÓN A LA FOTOGRAFÍA "FANTÁSTICA"

 
 
 
 
  
 
Joan Fontcuberta (1955) persiste en su deriva fantástica sobre la fotografía, divirtiéndose a costa del público con sus ingenios y trucajes, con sus manipulaciones e intervenciones dispares. Fontcuberta no realiza fotografías bellas o interesantes: ese no es su fin. El objeto de este "fotógrafo" y teórico del arte es plantear qué es real en un mundo construido de mentiras, de simulaciones, de virtualidades y tecnologías diabólicas, pero ¿qué es la mentira en realidad?
En 2017, Fontcuberta dio una conferencia en Bolonia sobre el poder mitificador de las imágenes, explicando -airadamente- lo sencillo que es imitar fotos realizadas de obras de Picasso -creando nuevos Picassos, nuevas obras maestras-, lo fácil que es falsificar a artistas como Man Ray o László Moholy-Nagy o mejor aún, el método de inventar fotógrafos como Vivien maier o Charles Jones, según él, artistas inventados por su camarilla de enterados. Fontcuberta da por finiquitado el supuesto realismo fotográfico -y no sólo ahora, sino ya desde su conferencia en la Fundación Juan March, el 27 de mayo de 1983- siempre demostrando ir un paso por delante, siempre disfrazado como un mago de Oz a la catalana, desvelando sus trucos -y los ajenos, en un disfrute ininteligible-, en un intento final -decadente- de destripar lo artístico antes de desaparecer, confundiendo arte y política, arte y vida, pero ¿qué intenta este mercachifle de la nada, este performer cascarrabias? Según él, la autoría es un proceso de fabricación ideológica, cultural y económica y por tanto, artificial, maleable; un constructo, un teatro, un convencimiento, pero ¿qué no lo es? ¿o es que acaso el personaje Joan Fontcuberta no es una ficción más, la careta de un joven con miedo a no ser nada en la vida?
La última sorpresa de Fontcuberta -en la mencionada conferencia- es la presentación de Ximo Berenguer un personaje ficticio detrás del que se esconde el propio Fontcuberta, ¿por qué no firmar esas fotografías de los años 70' con su propio nombre? Temor y temblor, los mismos males padecidos por lo postmoderno, por el realtivismo. O sea, que toda la charla -bastante casposa por otro lado copada de palmeros risitas- sirve para justificar un mínimo ingenio desarrollado por él mismo, una gamberrada que pierde todo su poder, toda su magia, al confesar el truco. La antimagia como filosofía, como principio, ¿dónde queda la ilusión? El pobre Fontcuberta no sabe qué hacer, está confundido: lleva toda su vida intentado ser un fotógrafo de ley, mas su obsesión por la historia fotográfica y la tecnología le ha llevado a un callejón sin salida, a ser un mero instrumento de la innovación, de lo fake. El pensamiento débil; capitalismo.
Hoy, Fontcuberta está considerado como uno de los grandes gurús del arte de la instantánea, del arte de las apariencias. La cuestión es al ver sus imágenes, al asistir a sus innúmeras exposiciones- plantearse el hecho de que la verdadera mentira de todo ésto son en verdad sus planteamientos, sus bufonadas, su soberbia pasada de vueltas en torno a lo real o a lo artístico, territorios que después de toda una carrera, Fontcuberta parece haber olvidado.
La sabiduría no da el poder, lo da la necedad, la ignorancia, pero ¿qué es lo que ignora Fontcuberta, el mayor conocedor de la disciplina fotográfica del globo? 
En los últimos años Fontcugerta aparece espléndido y orgulloso de dominar un mundo que cree que ni se le escapa, ni le engaña, realizando múltiples exposiciones postmodernas -hápticas- muy pasadas de moda o demasiado tendenciosas, intentando darse un valor a él mismo, ensalzando su innovación constante, siempre con un gesto arrogante, mentiroso, simple. Por mucho que Fontcuberta insista  e intente desmitificar lo que él nunca consiguió -un verdadero lugar en la historia del arte-, lo verdadero sigue siendo la ley del más fuerte, del Arte con mayúsculas, del espíritu humano y no de las máquinas, pues lo orgánico, la luz y las formas siguen existiendo aunque ya no se fijen en haluros de plata y atraviesen lo electrónico como lenguaje. Tal vez la traición de lo analógico volvió loco a este investigador frustrado, autor de libros interesantes -como Historias de la fotografía española: escritos 1977-2004 o La caja de Pandora- quien en un determinado momento, tiró la toalla de lo real y se lanzó al océano de la fantasía. Desde hace años bucea en ese líquido amniótico en el que cree ser un pionero de algo que no es más que la misma cultura kitsch que lleva gobernando el negocio del arte desde hace 30 años. 
Cada uno que se consuele con lo que pueda.
Ya lo dijo Boecio. 
Si aplicásemos la perspectiva de Fontcuberta a las demás artes, hoy no podría pintarse nada con óleo, no podría escribirse nada con grafito, no podría esculpirse nada en barro, filmarse nada en imágenes reales. Según él todo está inventado y captado y sólo la manipulación y el fake tecnológico -su territorio personal- están justificados. Según él, ya nadie puede inventar nada de valor. Todo debería ser un asunto de la IA.
¿Es esto entonces un impotente intento del señor Fontcuberta para infravalorar todas las artes y quedarse con la perra gorda? ¿No trata todo este largo entremés en tener razón sobre algo incomprensible? 
El arte nunca fue hogar de nihilistas.
¡Viva Vivien Maier! 







THE XX: OBJETO VOLADOR NO IDENTIFICADO

 

La música de Romy Madley Croft, Oliver Sim y Jamie xx es flipante; muchos habrán escuchado sus melodías aunque no conozcan sus nombres. Este grupo inglés tiene tres discos publicados entre 2009 y 2017; son una banda prodigiosa de una sensibilidad nueva, digna de unos tiempos rigurosamente confusos. A pesar de su maravilloso sonido, el texto siguiente quiere ahondar en el concepto artístico de toda su obra, el cuál se extiende incluso a los libretos de sus discos; de hecho se intentará, mas me temo que será inevitable hablar de lo primero o de todo de forma simultánea.

¿Es el color un tipo de sonido?


Desarrollando una idea elegante y minimalista, aíslan imágenes psicodélicas de la misma naturaleza que sus canciones. Ecos, reverbs, bucles, electrónica y mucho lirismo milenial, letras esenciales, olores difusos, formas abstractas. Unir el sonido y el color.

Destellos de un lugar indescifrable al que nos conduce una música de las esferas de una oscuridad inconsumible. La materia oscura reluce por instantes en sus notas y estas imágenes simbolizan el intento de los ojos por reconocer lo efímero, lo armónico dentro de un mundo destrozado, vil, fragmentario.
Desenfoques, flashes, tintes de gasóleo, soles informes, lluvia ácida, paraísos artificiales. La evasión se va convirtiendo en sueño, la lentitud en paseo, el paseo en milagro nocturno, en delirio de pesadillas, de infraleves corrompidos por una civilización en crisis que se agarra a la sensibilidad para seguir adelante. No hay heroísmo, hay talento, espera, paciencia. El sonido llega y cómo llega...
Las grietas de la inocencia entreabren suspiros, susurros, secretos. Toques de piano, ligeras frases, descontextualización, afonismos, subidones y estelas fantasmales como nuevos versos en un mundo evanescente lleno de alucinaciones.
Las palmeras de sus ríos son de otro color, sus cielos se ven distintos. Pequeños órganos, tímidos tambores, palabras cortas, repetidas, entrecortadas, cambios de felicidad, redes multicolores, profundidad, reencuentro. Palmeras salvajes. La arruga se hace mercurio y un diálogo que no cesa va dejando caer hojas metálicas sobre pétalos de invisibilidad. Un bajo nos guía hacia una habitación oscura, un recuerdo que va iluminándose hasta la sugerencia pero no en la evidencia.
Todo es un misterio, un bit, una garganta sacando aire y notas, un instrumento con forma de cuerpo humano, una lluvia de ritmos y los ritmos suben y bajan y no van a parar porque se apoderan del mundo.
El mundo es de este trío enigmático que parece hacerlo todo bien.
Escuchan cosas que el público ignora y hacen de puente entre la materia y la energía, la electricidad convertida en dinamita sonora.

Animales de todos los colores, un zoo de platino tornasolado, himnos de la noche cantados por niños de un siglo vaciado por el cinismo del último siglo, canciones eternas creadas por infancias anuladas por el hierro de las monedas y el éxtasis de la comunicación. Cursiladas cósmicas convertidas en pretextos de gloria, de esperanza; lo humano continúa venciendo a través de cualquier canal, cualquier instrumento, ¿quién nos iba a decir que ciertas máquinas iban a servir como nidos milagrosos?
Agujeros negros, horizontes imposibles, meteoros y hormigas; la guerra de lo hermoso es infatigable y todos los colores se hacen uno cuando suena la primera nota.
Escuchar The XX es como caminar una noche entre manzanas de lujo buscando basura preciosa. Es como vagabundear sin término ni objeto buscando peligros en las sombras. Es encontrar en lo artificial un animal bestial que nos besa la nariz.
Un amanecer se hace tiniebla, una estrella se hace cuerda, la música de club crea un palacio imaginario donde todo sucedo pero es imposible de ser narrado. Todo sucede una vez, luego, sólo la memoria resiste y la resistencia es lo único que lo humano puede ejercer, una resistencia poética del mundo, desligada de todo, desligada de lo común. Entregarse al largo sonido de la iridescencia.
Manchas, siluetas de seres que nunca veremos; una caverna de Platón en clave musical, ¿dónde están los arquetipos? ¿dónde fueron las ideas? The XX lo sabe, lo oye. Lo canta.
El mar se convierte en masa fluctuante, en manta para desesperados, hogar de animales incomprendidos. Su música es alimento, sus xilófonos son llamadas de atención, son juegos angélicos; toda su música está impregnada de William Blake, de Lou Reed, de Velvet Underground, de Future Island del tema de Dido-Eminem y aunque no de forma obvia, del fascinante espíritu del inigualable Chris Isaak.
Una banda para un siglo creciente, un sonido para el futuro. Imágenes hermanas que viajan en los ojos como si fueran sueños olvidados. Somos colores, ritmo, mundo. La armonía universal reside en las pequeñas cosas. Esto es un diamante en bruto que te habla cuando te acercas.
Larga vida a The XX.