UNA BOCA QUE SE MUEVE
Travesuras de Juan Muñoz
Travesuras de Juan Muñoz
La obra de este tipo es irresistible: en la senda que abrió el norteamericano George Segal en los años 60', este artista madrileño -con madera de delincuente de barrio- explotó una veta riquísima que muy pocos se atrevieron a explorar: sacar la figuración del cuadro, hacer viva la pintura y recrear las composiciones a través de lo real, más allá de las dos dimensiones. Tal vez por eso Juan Muñoz sea de alguna manera vulgar, porque se acerca a los objetos y nos los acerca sin miedo y nos obliga a acercarnos si en realidad queremos reírnos y emocionarnos. La obra de Juan Muñoz es la obra de un descalabrante mago malvado lleno de ingenios.
Su obra está compuesta de chistes arquitectónicos, de figuras sarcásticas, de seres irónicos y perplejos ante nuestra presencia. No hay obra más feérica que la suya, en realidad más anglosajona, pero eso sí, al estilo sureño. En vida, Juan Muñoz se comió al mundo del arte trtas descubrir sus fallas, sus debilidades, sus escaramuzas. Víctima de los terribles y locos años 90', Muñoz supo sacar de ese pozo de cinismo una obra monumental, a pesar de su muerte en 2001, año que frenó un porbenir que a todos nos hubiera gustado experimentar.
A pesar de sus envidiables éxitos, Juan Muñoz, a inicios del siglo XXI, estaba despegando como quien dice. Sus juegos comenzaban a calar en el ambiente de la cultura popular y su extraña presencia comenzaba a ser mítica, legendaria. Su desaparición repentina hizo que en su propio país, aún haya un volumen extraordinario de gente que ignoran su importancia, su existencia. De hecho, ¿por qué no fundan un museo permanente de Juan Muñoz en Madrid? ¿Por qué no potenciar a uno de los mejores artistas contemporáneos en su propia ciudad para que el mundo admire sus maravillas?
El universo de Juan Muñoz es efectivamente un retablo de las maravillas, una quijotada de narices con toques anglos y conceptos neopop que se entrelazan con vertiginosa sencillez en espacios geométricos robados al espacio museístico. Uno de los atracos fundamentales de Muñoz es el apropiacionismo sistemático de los lugares, la invasión impune de lo común para fundar nuevas realidades, momentos extraordinarios de misterio y belleza contenida.
Toda su obra es una superación de los años 80', una sanación del trauma de lo kinki pasado por un pasapurés estético del quince, filtrado por un tamiz vertiginoso y espurio lleno de pirita y lapislázuli, de vaciados milagrosos que actúan para el espectador sin decir una sola palabra, utilizando el gesto -repetido en variaciones idénticas- para crear horror, asombro y risa. Tres pilares fundamentales de lo humano: en definitiva, pasiones. Absolutos. Tras la superficie de sus figuras hay un corazón que late para siempre, hay una memoria que pertenece al arte, a la idea sublime.
Nadie ha dado tan fuerte en la mesa de lo cotidiano en los últimos treinta años, nadie se ha desviado de esta manera hacia el frenesí. Juan Muñoz es la muestra de que la movida madrileña tuvo un verdadero sentido más allá del pop blando, más allá de Warhol y su puta madre. Juan Muñoz tiene otros padres, otras lecturas: Hamilton, Goya, Aracil, Frances A. Yates, Diderot, Kenneth Clark, Suzi Gablik o Norman Bryson. Por sus sombras, sus colores, sus vitrinas, sus cuerdas, sus maderas, sus intromisiones, sus obstáculos, sus interrupciones y sus sibilinas sonrisas su obra es universal, pues paradójicamente son sólo suyas e intrasferibles y al mismo tiempo -ese cripticismo- son de todos.
Si Marcel Duchamp hubiera hecho en su vida algo más que jugar al ajedrez y fumar puros, habría desarrollado un trabajo parecido al de Muñoz. Parece escandaloso decirlo, pero es un hecho. Pues aunque su obra parece colosal, es en realidad una miniatura del cosmos al modo de Why Not Sneeze, Rrose Selavy? (1921), esas maquetas a modo de objetos que se acabaron llamando ready-mades, pero que en realidad eran bocetos de ideas imposibles, chistes artísticos a pequeña escala, ensayos de algo que nunca iba a suceder. El arte tal vez es eso, una mera tentativa, un chispazo. Lo sorprendente de Juan Muñoz es que consiguió encender fuego con esa minucia maravillosa y lo hizo carne. En un sentido religioso, toda la obra de Juan Muñoz es una resurrección anticipada de su propia desaparición.
Sin duda un artista verdadero es un artista que se la juega en cada expo, que sin metáfora de por medio, sobrevive en cada gesto y se acerca un poco más al final del tiempo. Todo el arte habla de eso, de nuestra naturaleza efímera, de lo que logramos a hacer con ella y de cómo materializamos el aire que se respira. Juan Muñoz era un experto consumado en el arte de vivir. Hoy se da mucho el patrón de artista académico, de artista de diseño, de artista estándar, porque hoy todo se cree regido por la estadística, por la funcionalidad, por una supuesta experiencia infalible. Bueno, pues hay va eso: no hay una fórmula exacta, no hay un truco para tener gracia. Juan Muñoz tenía mucha gracia y como otros grandes artistas de su tiempo como Chirino o Nacho Criado, usaron ese don para dárselo al mundo y ofrecer una promesa de felicidad de altos vuelos.
Navajas y sueños, espejos y fragmentos, una arqueología del presente en torno a lo eterno, una modalidad artística que se ríe de artístas popularmente tan frívolos como Damien Hirst o Jeff Koons, superándolos en forma y fondo, en calado, en sustancia. Juan Muñoz ofrece una filosofía completa, una crítica kantiana de lo evanescente, de la vida. Nuestra imagen, nuestra vulnerabilidad, lo inesperado, lo oculto, el disfraz, la burla, la infancia -siempre la infancia- y el eterno femenino rondando en cada sala, perturbando la percepción dada, rompiendo cristales.
El diálogo es infinito y la broma también, de alguna manera Juan Muñoz se acercaba a esa idea de Foster Wallace sobre la perversión de la vida y lo tenebroso en Mark Fisher. Muñoz se anticipó a un nuevo siglo copado de estupideces y banalidades, invadido de pornografía y virtualidad. Muñoz se aferró a lo físico de lo invisible y lo hizo real; tal vez lo más difícil del arte. A modo de demiurgo ultramoderno, inventó su propio barro y su propia costilla y creó un ejército de seres fantasmales llenos de magia y delicadeza, impregnados de inquietud, alevosía y descaro. Su obra es incómoda porque activa el pensamiento y luego lo destruye; su obra es taoísta, discípula de Lao-Tse, el mayor poeta de todos los tiempos.
Quizá por eso, parte de sus piezas poseen rasgos orientales.
La otra mitad, son réplicas de rostros de su propia familia.
Todo esto genera un secreto abierto, una obra abierta, llena de fugas y de síntesis que se encadenan en repeticiones sutiles, casi imperceptibles. Juan Muñoz es una flecha sin sonido que se te clava en el pecho.
Lo real es irreal y viceversa y la moneda tiene sólo una cara y el espectáculo se convierte en idea, en reflexión Pero nadie se aburre porque todo esta en marcha, porque la ligereza hace flotar las cosas y como en una película de Tarkovski, lo sagrado se eleva en momentos de trascendencia, de unión. Existe la soledad en Juan Muñoz pero siempre es compartida pues es una obra generosa que sabe que debemos estar unidos para seguir adelante, unidos aunque sea en formas extrañas, pues la amistad y el amor son las bases de lo humano, de nuestra irrisoria existencia. Todo eso aderezado con el humor espiritual de lo desconocido, de lo imprevisto. Acercarse a una de sus obras y descubrir que se mueven es algo revelador, es algo estremecedor. No hay nada parecido. Juan Muñoz iba en la dirección más arriesgada del arte, el delgado hilo de hacer vivo lo inerte. Por eso lo de la resurrección, por eso su parecido con Rafael Sanzio y su última obra maestra: La trasfigurazione (1520).
El diálogo de Muñoz con el Renacimiento italiano es indiscutible. La manía escultórica, el mito de las piedras blancas de Winckelmann, la figuración como celebración del sentido... Pintura, escultura: no hay frontera. Todo su obra es un espejo de la historia del arte y del futuro del arte. Artistas como él mantienen la esperanza de que todo es posible cuando se hace con corazón y con cabeza, situarse in media res para lanzar cañonazos de sensibilidad es un ejercicio al alcance de muy pocos. Los demás -la mayoría- fracasan en la mediocridad, el plagio o el academicismo. Lo original siempre ha estado en extinción, pero los verdaderos artistas siempre acaban salvando el aura de su época y construyen un escalón más en la escalera de caracol que sube hasta el siguiente juego de manos.
Ya se ha dicho mil veces: Juan Muñoz era un auténtico trilero -al modo de David Lynch- que de no ser por el arte, con seguridad se hubiera convertido en un estafador o un pickpocket bressoniano. Robar como forma de arte, el engaño como una de las bellas artes. Juan Muñoz es una especie de James Stephen George Boggs, aquel artista que pintaba a mano billetes de cien dólares y luego los colaba en los restaurantes. Juan Muñoz entra en esa tradición de truhanes artísticos llenos de malicia y ternura, autoirónicos, sensibles, talentosos. Tal vez algún día habría que escribir un libro sobre este tipo de seres extraordinarios que vivieron en una sociedad impracticable y sacaron oro de la catástrofe. Juan Muñoz es un alquimista sin alambique, un retratista sin lienzo. El aire es suficiente para sujetar sus marionetas: su Gran Vidrio no puede romperse, es más inteligente que cualquier partida de ajedrez.
Algo se mueve en el fondo, alguien te mira desde el otro lado, pero tú no lo ves. El juego del escondite ha empezado y no puede escaparte. La obra de Juan Muñoz es una trampa continua de planos superpuestos, de ordenaciones asimétricas y geometrías a lo Frank Stella. Ya hemos dicho: es como coger a Larry Poons, a Jim Dine y a Fidias y revolverlos en una termomix hasta dejarlos en punto de nieve. Es eso y mucho más: es teatro, opereta, es cine detenido, es tiempo, es materia. No sólo es visión, es carne. Es droga. Es exceso, es pesadilla. Es mentira y es verdad. Su exposición en El Prado, Juan Muñoz. Historias del Arte, es un feliz encuentro con un enorme artista lleno de nuevas energías y diagonales satánicas, es una oportunidad de vibrar y soñar, de quedarse perplejo.
Las Meninas se empequeñecen ante la presencia real de las esculturas que deberían quedarse -para siempre- en las galerías de la vieja pinacoteca española. Si el museo de El Prado quiere sobrevivir -y no ser devorado por los ejércitos insulsos y aburridos de turistas que lo invaden cada día con su baba y sus dólares insanos-debería abrirse a estos diálogos -de este nivel y no de otro- y dejar que camelen las obras obras de arte a su aire y digan lo que tengan que decir. Tiziano rejuvenece ante Juan Muñoz, al igual que Rubens o Tintoreto. Es necesario que el arte se enfrente al arte y juegue su personal partida de ajedrez para hacer carambolas. El Bosco debe hablar con Juan Muñoz y con Barceló y con Luis Gordillo y con Esteban Vicente. Si no, unos y otros acabarán muriendo en la parálisis. El Prado es un museo que se está convirtiendo en centro comercial con restaurante. El futuro es otro y hay que pensarlo de otra manera para que se haga realidad.
Mientras se acaba este texto, alguien se sube a los hombros a otra alguien y camina entre la abstracción geométrica, sobre la ilusión Tal vez sea un alter ego de Juan Muñoz o usted mismo, tal vez sea Juan Muñoz llevándonos hasta el vacío, moviendo la boca de manera imposible, haciendo realidad los sueños, las ideas, la vida. Expandiendo lo real hasta límites sin sombra.
Prodigioso.