Los juicios ilógicos conducen a una experiencia nueva. Sol Lewitt Belarte debe llamarse al Arte, para excluir netamente la sensorialidad, cuyo oficio y cultivo debe llamarse Culinaria. Yo propondría como mejor nombre del Arte el de Autorística. (...) El Arte no es un fenómeno de Belleza; ésta, si existe, es la natural, de ambas Naturalezas; psíquica y física. El Arte es un fenómeno de Autorística, más personal y típica que la Autorística del saber, o Ciencia. Y la Autorística -que no copia mentes ni cosas- típica, o el Arte, nace de emoción impráctica y suscita emoción impráctica, nunca de sensación y para sensación. Macedonio Fernández



El Rauschenberg de la March
Observación sobre una exposición campy





Antes de América. Fuentes originarias en la cultura moderna podría haber sido una gran exposición y aunque en ciertos niveles lo es, deja una sensación de burda acumulación, un ansia adolescente por demostrar, por mostrar, ¿cuál es el fin de una exposición hoy? Se trata de una responsabilidad enorme donde el rigor, la intuición y el desarrollo de una visión original sobre cómo hacer ver, se exigen como esenciales. En Antes de América... se nota la vibra positiva de un entusiasmo y una ambición sana, quizá sobrepasadas por una inercia inocente. Es muy fácil notar cuando una muestra toca demasiados palos, donde todo se diluye en discursos heterogéneos, intentado abarcar mundos dispares, realidades múltiples. Quién sabe. La exposición es confusa porque la torpe distribución de las piezas las dota de un valor uniforme, igualándolas, eliminando las jerarquías estéticas. Es muy del siglo XXI intentar romper los cánones y sistemas de poder entre los objetos y seres artísticos, lo cuál, en cierto sentido es un experimento interesante para rescatar ideas, obras o artistas devaluados por el viejo arte moderno o por el lejano arte clásico. Eso es una cosa. Pero entrar en una sala y no poder distinguir una enorme estatua de piedra de Henri Moore entre un cambalache de estructuras cheesy y vainas kitsch descontextualizadas, es otra. Es muy del siglo XXI quererlo todo, intentar acceder a todas las posibilidades, acumular, acumular, acumular, ¿también es así lo precolombino? Dicho lo cuál, Antes de América... (al menos la primera planta de la sede madrileña) se convierte para el público en una especie de wunderkammer o cuarto de las maravillas, vamos, en el origen de los primeros museos inventado por los alemanes, pero un poco a lo loco. Porque, ¿qué era un museo en el siglo XIX?, ¿para qué servía? 
 
 

La sensación de atropello tosco, de mezcla arbitraria, de historiografía carca, de antropología rancia y de etnología feucha se da en cierta manera, creando espacios demasiado cerrados, demasiado aislados, solos, perdidos en una constelación de cientos de obras que no parecen poder hablar entre ellas, como si los hilos conductores no estuvieran bien distribuidos. La cultura revisionista es importante pero no es absoluta ni intocable. Las relecturas y reinterpretaciones en medio del mundo post, o sea, el mundo de hoy que dentro de un siglo alguien bautizará con un nombre que nosotros no conoceremos, o se miden al milímetro o acaban siendo un desastre de rastrillo. A pesar de todo, de la inestabilidad y desequilibrio expositivo, es sorprendente encontrar obras de Richard Long o Lichtenstein, Newman o Man Ray, eso sí, escondidas, casi ocultas entre un dispensario de pintura y escultura exhibida tal como lo hacen en ciertos centros culturales de barrio, sin dejar que las obras respiren y se ganen su propio espacio. Vamos, al pairo.
 

Entre otras cosas, gracias a esta dispar exposición también entendemos que el pintor contemporáneo Humberto Poblete (quien no figura en esta muestra) hace pintura de los 50', que Man Ray es seguramente el artista más misterioso y polivalente del siglo XX y de que la pintura collage de Rauschenberg -tal vez la más gratuita de toda la exposición en cuanto a su presencia- sigue siendo una auténtica maravilla. Tal vez, cribando y seleccionando más finamente, abriendo espacios y canales de aire, se podría apreciar el arte del tapiz ejercido por Regina Gomide o Alejandro Puente, así como las piezas de Michael Heizer. Pero hay demasiado. Se ha pecado de la abundancia. Se ha pecado del pecado. Hasta tal punto lo digo, que el folleto informativo de la exposición es tan exiguo y breve, tan poca cosa, que uno, antes de entrar o echándole un ojo de vuelta a casa, no sabe muy bien si corresponde a la realidad vivida. Una mórbida exposición ilustrada con un folleto ineficaz, casi esquemático.
Tal vez este es el contraste que ejemplifica el gran error de la muestra: desequilibrio, poco tiento.

A lo largo de la visita, se traslucen varios discursos, varias mentes expositivas. Además, los discursos no parecen del todo sólidos, coherentes. Se hacen demasiado generales, abstractos, flojos. El público no puede atender a tantos puntos de vista sin enloquecer o aturdirse. De otra manera lo ancestral, lo indígena, el juego de pelota, los mitos sanguinarios, los simulacros culturales, la arqueología, la enciclopedia, el primitivismo, la geometría, lo inuit, lo precolombino, la vanguardia y el paradigma amerindio se hubiera hecho más comprensible dentro de su inefabilidad y hubiera respondido a esos cinco mil años de tradición que unen a América y Europa de una manera más firme, más placentera, pero tendremos que esperar a otra oportunidad para tomar el remo decorado por un alma anónima y entender qué le conecta al hermoso mural de Robert Rauschenberg que milagrosamente se exhibe hoy en la fundación Juan March de Madrid, brillando por puro derecho.
 


 



Una escalera de Penrose

Sobre una exposición de N. Ortigosa en el CAB





Todo lo que se muestra es vulgar

Jean Cocteau





El Arte es una fuente de pensamientos dotada de una velocidad oscura, una dinámica aparentemente diluída en lo contemporáneo. El existencialismo, la deriva de lo escéptico, el nihilismo pop y los formalismos estetizantes han acabado imponiendo la dictadura de lo conceptual, el gusto decorativo y la depresión. Hoy, toda obra tiene una apariencia conceptual. Hasta finales del siglo XX, los artistas occidentales soportaron la losa de la rica tradición de lo reaccionario, de la dictadura del poder institucional hasta llegar al cuadro monocromo, a la performance, al silencio, al objet trouvé. Así, reyes y conceptos, legislando mediante narcisismo e intelectualismo, han maniatado al Arte durante al menos un milenio; sólo los sonámbulos inválidos dispuestos a gesticular y correr, han conseguido alimentar a la bestia del sueño para que siga viva. En esta nueva centuria -copada de ínfulas de nuevos paradigmas- el panorama no acaba de despegar y se siguen empleando metodologías y protocolos caducos y obsoletos, convirtiendo a galerías y pinacotecas en máquinas del pasado. La historia del arte no funciona en un contínuum, no es sierva o no debería ser vasalla de la cronología, por tanto, el siglo XXI no debería presentarse como una última evolución de lo mismo, sino como una oportunidad privilegiada del artista para liberarse de los yugos que hacen del Arte una simple artesanía, una visita turística o un simple bluff y no una concha blanca dentro de una palangana con agua. La cultura del museo ha hecho mucho daño durante el último medio siglo, inoculando la creencia de que todo lo que se coloca entre sus muros se convierte en fenómeno artístico; la caja de las maravillas. El Arte no pertenece a la cultura sino a todo lo contrario: se trata de un asunto de alucinados, ladinos, astutos, cortabolsas y obsesos adoradores de lo inconsciente. El Arte se basa en la incomunicación. Nadie puede comprender a un artista sino otro artista, pero entonces, ¿dónde queda el público? Por definición, el Arte es un juego entre las almas de todas las épocas y hoy, nadando en lo intempestivo, el espectador debe aprender a relacionarse con la obra de una forma placentera, de una maniera vital, no intelectual. Los críticos han perdido su peldaño de poder, su influencia en el relato, mientras la escena artística se duerme en los laureles y el personal se aburre como un mono al destilarse las experiencias poderosas y catárticas en simples ejercicios teóricos, dotados de una sofisticación innecesaria, desembocando en metáforas paralíticas o un pobre pliegue. Ante el derrumbe de las apariencias, la obra debe convertirse en algo ligero, móvil, orgánico. Un ciempiés. Los artistas han caído en el error de Fausto y por eso, hoy, deben desconectarse para dirigirse a lo inactual, embarcarse en lo desfasado y triunfar en lo anacrónico, en la curvatura pura de las ideas, en una escalera de Penrose. Hay que cambiarlo todo para que todo cambie, contradiciendo a Lampedusa; colocar la red para que en vez de jugar uno, jueguen todos y, por fin, las manos puedan mancharse de velocidad oscura, de Arte, de absurdo estético, en definitiva, de felicidad. El nuevo milenio pasa por desechar el prejuicio, por desvelar el tabú. Si los poetas utilizan una lengua límbica e irrenunciable, no sólo debe ser destinada para sus compatriotas ciegos, sino para ser el puente de aquellos dispuestos a internarse en lo imperceptible, en lo inconcebible, a fin de cuentas, en el paraíso de lo irreal; si una exposición no es un acto feliz, no cumple su promesa. El verdadero artista crea la oscuridad para mostrar otra manera de vivir, otra manera de respirar: se atrinchera en su infancia para entregar a los demás una esfera encontrada en medio de la hierba. Hay que expandir lo lúdico, deformar la dimesión fijada, deprimida. El Apocalipsis es sinónimo de revelación, no de final. No hay final. Lo intempestivo en el Arte pasará por la generosidad del factotum, del poeta que ofrezca lo nuevo y no lo contemporáneo, lo bello y no la tendencia, lo humano y no el nauseabundo onanismo de un supuesto genium. La historia del Arte no es progresiva a pesar de la insistente historiografía. La didáctica debe desaparecer en pos del elogio del cristal oscuro, exhibiendo al artista de forma integral, provocando una causalidad externa, fiel a una finalidad interior, liberando al individuo para liberar el Arte o como decía Breton: para extender a lo mental el procedimiento de la ducha escocesa.




Madrid, 9 de Diciembre de 2022



 
La loca senda
Una reescritura del género de catálogo








Escribir en un catálogo es un ejercicio ambiguo. Por una parte es un privilegio, pero por otra, menos evidente, es un salto a un pozo de lodo donde el texto en sí va a mezclarse con otros que van a competir gratuitamente entre ellos, como si la pelea fuese inevitable. El género literario de catálogo es muy pobre, tanto como la literatura comercial. Un texto de catálogo debe ser admitido por autoridades superiores a todo lenguaje. En parte, un catálogo y lo que se escribe en él, es promoción o adulación. En escasas y concretas ocasiones se puede leer un texto a la altura de la obra presentada. Muchas veces, los catálogos son superiores a la obra expuesta, no por lo escrito sino por la pobreza estética de lo expuesto. A continuación se intentará una reescritura de un texto de catálogo para demostrar que no sólo las buenas intenciones son suficientes para salir ileso de este género corrupto, tal vez el más vil de lo literario, empezando por el hecho de que en un catálogo escribe todo dios y el escritor se convierte en un gusano de segunda, ninguneado por todo lo demás. Come on. Uno piensa empezar de la siguiente manera: "Es fácil y a la vez imposible abordar este texto. Cuando se trata de hablar sobre imágenes, la palabra es minúscula en comparación a la forma, al peso, a la presencia. La palabra sólo puede acompañar en una humilde función de alumbramiento, una voluntad exploradora de caminos poco transitados por la visión común. Al igual que Virgilio, el escrito vigente tiene una función de guía, un sendero que recorrerá -si es posible- la complicada selva de la imaginación." A partir de este preludio, el autor intenta mostrarse honesto y sencillo, teniendo la generosidad de atribuir al público el conocimiento de la poco frecuentada obra virgiliana. Inútil pretensión, ¿quién cree el autor que va a leer su comentario? Segundo acto, contexto: "Nicolás Ortigosa Yoldi (Logroño, 1983) propone un misterioso recorrido a través de lo que es sin duda una auténtica aventura, un voyage espiritoso del cuerpo y lo venal, planteando -sobre un itinerario clásico basado en la Divina Comedia de Dante- un ejercicio metafísico de la luz y de las formas, para cuya contemplación y disfrute óptimo, se recomienda morir en vida." El autor se refugia en la mística de lo poético y otorga al autor valores disímiles. Generalmente, el autor es desconocido al gran público por lo que mentar el nombre parcial o completo es casi una obscenidad, un error estético. Tercer acto, desarrollo:
"Como dice Dante, nadie podrá atravesar la selva oscura, ni sobrevivir en la loca senda, si no deja a un lado la sustancia material, aquello que nos impide escapar de este mundo y nos fija los pies a la tierra. Nicolás propone una enorme visión que sólo se puede entender con ojos claros, espíritu limpio y una mente serena y dispuesta a cruzar esa otra maraña representada por él mismo como artista y –en segundo lugar- a dejarse llevar por su mano, por las líneas trazadas, por las sombras iluminadas a través de ese recorrido de la Comedia. Así como Dante deposita su confianza en el poeta Virgilio, nosotros debemos confiar en la pasión del artista riojano por su oficio y dejarnos agarrar suavemente por sus garras, pues ellas llevan la dirección desconocida que nadie puede explicar, pero que sin duda conduce hacia aquel lugar que Dante eligió como meta en su obra: el bonum perfectum." ¿Quién es ese nosotros al que habla el autor? ¿dónde está ese público? ¿nos importa algo La Rioja en todo esto? ¿qué aporta? Se comienza a hacer psicología literaria y se acaba con un latinismo. Las fórmulas no son buenas pues encorsetan las ideas. Existe la falsa idea de que la escritura nace de la cultura racionalista. Un texto es pura abstracción, un vehículo lingüístico lleno de mecanismos irreconciliables. Pero el cliché es que la cosa debe ser clara y el autor intenta limpiar innecesariamente su flujo. Cuarto acto: "Según Dante, la Comedia trata realmente de un sueño, una revelación que no tiene más objeto que la búsqueda de la felicidad, la Felicidad Eterna, un estado del alma imposible de alcanzar en nuestra existencia mortal y por ello es necesario atravesar la senda que lleva a esa luz. Esto es exactamente lo que vemos en la obra de Nicolás, una ilustración abstracta de sus sensaciones, de su experiencia como canal de una realidad superior, inaccesible para el conocimiento, para el pensamiento, para la razón. Ante sus dibujos y grabados sólo es eficiente la fe, ese viejo oficio que trata sobre el acto de ver las cosas sin verlas, para volver a construir una creencia en el mundo y en la belleza del amor, porque si el artista hace esto, es sólo por amor, porque como cualquiera, necesita amor para sobrevivir. Su trabajo emana una pasión que Dante denominaría como fiammeggiante, llena de valor, fortaleza, voluntad y fuego, un fuego que ilumina, ardiendo en sus dibujos. Esta actitud convierte a la comedia de Nicolás en una vía privilegiada de acceso a niveles imaginarios no literales con respecto a la obra de Dante, la cuál ya fue abordada por artistas del pasado como Giotto, el cuál representó escenas de la obra dantiana con hermosa maestría y gran fidelidad al texto. A pesar de que el artista no se ciñe al Dante literal, la obra expuesta no es ninguna fantasmagoría de la obra original, sino que se manifiesta como una mutación que entiende el texto como motivo y no como imagen, utilizándolo como un punto de partida donde apoyarse y demostrar sus certezas sobre el arte del dibujo y del grabado, pues así, como ya se ha dicho –y como el propio Dante hace en la Divina Comedia- la exposición no debería leerse en base a un único nivel interpretativo. Cuando Dante escribió su obra, ésta tenía una función muy determinada en su época y poseía su propia problemática. De la misma manera, Nicolás utiliza la Divina Comedia para tratar una problemática distinta, dentro de su propia época, para poder dialogar con el arte, con la tradición y para seguir dirigiendo sus formas y sus imágenes hacia un entendimiento de la esencia de su oficio. Por tanto, a él no le interesa ilustrar el texto de Dante, en cambio, sí le interesa mucho su espíritu y sobre todo la aventura que trata de cómo éste se transforma dentro de él mismo." Si Dante sólo es un motivo, ¿por qué darle tantas vueltas a lo dantiano? Si el artista no es un obseso del poeta supuestamente florentino, ¿por qué rellenar el vacío del discurso con erudición barata? Dar una imagen hinchada de un artista genera un demérito en quién escribe y sobre quién se escribe. No ayuda. Quinto acto, reflexión: "La exposición intenta trasladar la mirada desde la ruina que se desmorona hasta la roca sólida que emerge, desde donde –por fin- veremos la luz, sobre todo si se tiene en cuenta que cuando Dante utilizaba el término ruina, se refería al concepto de la destrucción mental y que en cambio, cuando usaba la palabra roca, era justamente para referirse a la mente iluminada. Dante explica a través de sus versos que el ser mortal no puede ver lo que está más allá de la jungla por el simple hecho de que no lo puede entender. A los mortales sólo les está permitido entender las sustancias materiales, o sea, las sustancias unidas, pues así se revelan en la vida terrenal. Así, el mortal vive con el alma y el cuerpo en conjunción y por eso le es posible reconocer con nitidez todo lo que sea de su misma naturaleza, pero en cambio, lo que está más allá de la selva pertenece a naturalezas muy distintas, llamadas sustancias inmateriales, donde todo está separado –alma y cuerpo- y por tanto oculto para la visión mortal; en la vida terrenal no podemos entender las sustancias separadas, pues son invisibles e imposibles para nuestro entendimiento. Aún así, es cierto que Aristóteles ya dijo, que si aquellas sustancias abstractas pudieran ser entendidas en vida, sólo podrían revelarse a través de las imágenes. Por este hecho, es todo un acierto –posiblemente irracional- el que Nicolás presente su versión de la Comedia utilizando dos técnicas muy diferentes: el dibujo y el grabado. Esta precisión, que aparentemente puede parecer vaga, es extraordinariamente necesaria para entender uno de los sentidos globales de la muestra: por una parte, el dibujo nos ofrece –por su naturaleza lineal- las formas del más allá y por otro lado, el grabado nos muestra esencialmente la luz. Forma y luz, materia y espíritu, cuerpo y alma. Como si se tratase de un proceso alquímico, Nicolás disecciona claramente estos dos elementos esenciales para que los podamos entender –siendo mortales-, para que en unos, apreciemos la luz especial de su comedia y en otros, descubramos los contornos de su mundo, exponiéndolos tal y como él los ha vivido en su ascesis personal; ese territorio íntimo y privado que le ha llevado a realizar este trabajo." La mitología del artista es vaga y sentimental. El texto debe despegarse del objeto del que habla y centrarse en el mismo lenguaje para crear una deriva, un pensamiento. El fallo del autor es la servidumbre, el peso de su objeto. Cada vez que se nombra al artista, el texto se desmorona, como cogiendo un bache que se coloca él mismo. Sexto acto, écfrasis: "Si partimos desde la serie del Infierno, veremos cómo el artista emplea un trazo irregolarissimo, o sea, un movimiento continuo e imprevisto, movido por una voluntad que a su vez, se deja fluir por lo imaginario, por el instinto, como un pájaro jugando con el viento. El Infierno de Nicolás es aparentemente parecido al de Dante, pero si se emplea un mínimo de atención en ciertos dibujos, se llegará a la conclusión contraria y se descubrirá un Inferno más lúdico –en ocasiones incluso naif- donde las bestias más terroríficas que podamos imaginar, sonríen con una alegría envidiable y donde hasta los malvados demonios parecen bailar como divertidísimos monicacos disfrutando la melodía, en definitiva, un lugar donde todo parece danzar al son de un viento que bufa huracanado una canción de Ray Charles, representado por las fortísimas trazas de grafito que atraviesan todo este primer Reino de las Sombras, junto a las cuales todo se va desplazando de un suceso a otro de forma no lineal, precipitando las escenas hacia encuentros inolvidables llenos de emoción, de gestos sensibles y muecas infernales, pero como ya advierto, dotadas de una ligereza que las hace agradables y tiernas, como si el artista nos mostrase la parte amable de la vida, a pesar de tratarse del Infierno –siempre vinculado al Mal-, casi como sugiriendo una actitud necesaria para sobrevivir a la propia existencia. Las figuras que vemos representadas en todo tipo de formatos, pasan del primitivismo a la abstracción y del esquematismo a la figuración con una facilidad pasmosa, como suponiendo que si en las bolgias del Infierno se encuentra casi todo y que por allí ha pasado todo –antes o después- también sería justo representar dicho Infierno de todas las maneras posibles para el artista." Esta primera parte de la descripción detallada se hace demasiado teórico, fría, inexacta. Aquí el lector comienza a dormirse, en cambio, se debería ejercer el arte imaginativo que es el de la modulación de la memoria y encontrar una escena que prefigure perpendicularmente el asunto. Por ejemplo: una vez conocí a un paralítico que le metía mano a las compañeras de clase mientras leía versos de Dante. Él, que vivía una vida terrorífica, solía decir que su parte favorita era el Infierno. Se negaba a seguir leyendo por el hecho de consideraba que no podría haber una existencia mejor que la pesadilla dantesca. Continuación de la écfrasis:
"Se podrá notar que son más numerosas las obras realizadas sobre el Infierno que las dedicadas a las otras dos partes: el Purgatorio y el Paraíso. Evidentemente –y como ocurre con Dante- ninguna decisión es gratuita y por tanto, tal vez, esta descompensación cuantitativa se debe a que el Infierno es para el artista mucho más familiar que las otras dos partes, debido a que seguramente, esta tierra del fuego eterno es mucho más parecida a nuestro mundo de lo que en principio nos gustaría, ya sea en formas, ya sea en temas: castigos, llamas, pecados, lujurias, gritos, ruidos, violencia, mentira, tristeza y derrota. A pesar de ello, me gustaría volver a destacar como contrapasso, la enorme vitalidad y emoción de la que goza este peculiar Infierno dentro de la cabeza de Nicolás, un espacio donde el artista se siente en su salsa, recorriendo cada hueco, cada garra, disfrutando con las calaveras, con los demonios, bailando con ellos, yendo de un lado para otro, queriendo conocer cualquier detalle de ese lugar que él imagina de esa manera tan distinta." ¿Llegó el artista a la misma conclusión del artista, o la recurrencia a la parte infernal no será debida a que es la parte más accesible del poema y además, la inicial del libro? Ya se sabe que un texto tan vasto como el de Dante se suele empezar pero no acabar. Da la impresión que el artista se ha detenido en un lugar común y no en una singularidad. No hay que hacer extraordinario algo común pues se corre el peligro de que el propio artista se hinche como un globo. Continuación de la écfrasis: "Si volvemos al texto de Dante, se observará cómo la pregunta más repetida del Infierno es siempre: ¿Quién eres tú? Así, Nicolás parece responder a la pregunta, a partir de esta extensa primera serie dedicada al lugar llameante, y con esto me refiero a que responde con su arte, con su obra, con la fisicidad de su imaginación, con la fuerza y la delicadeza que imprime a sus dibujos, con la oscuridad mística de sus grabados, con sus delicadas miniaturas y sus enormes diablos zumbantes. No hay mejor respuesta, Nicolás es aquello que se ve y por eso se detiene donde más le interesa y luego va hacia atrás, hacia delante, hacia arriba y hacia abajo, porque no quiere dejarse nada y lo abraza todo con una ilusión y un ímpetu digno de la obra, sin miedo a quemarse. Según Dante, el objeto del Purgatorio es el proceso en el que la imaginación debe ir racionalizándose en cuanto a la luz y salvar los obstáculos para llegar a la cima donde se encuentra el Paraíso terrenal. Por tanto Nicolás, siguiendo el esquema dantiano, inventa un Purgatorio sui géneris, trabajando con los elementos de la purificación y la elevación. Las escenas que vemos en este segundo reino, están vacías, limpias de ruido, casi solitarias. Los dibujos nos enseñan el silencio y la soledad de las figuras en una traza mucho menos tosca y violenta, casi invocando la línea de Matisse, el misterio de Leonardo o los rostros de Botticelli." Se hacen muy peligrosas las comparaciones y las analogías, sobre todo si se hacen con artistas consagrados en la historia del arte. No es recomendable realizar este tipo de ejercicios que alinean injustamente al artista contemporáneo con estrellas del rock de otros tiempos. No vale la pena hinchar el perro. Se le  puede comparar con Peter Heisterkamp, con Robert Morris, Tim Head o incluso con Dan Flavin, pero llevar el discurso a conexiones clásicas se hace muy frágil. La idea pierde contexto y además la obra comienza a acercarse a un plagio y pierde originalidad a cada centímetro que el autor quiera aproximar la obra del artista a la de un genio. A medida de que aquello ocurra, la obra del artista contemporáneo irá deshaciéndose como un helado de chocolate al sol en una playa de Benidorm. 
Llegando al final: "En este posible Purgatorio, existe una necesidad de purificación de la línea, del punto, de la raya, imponiéndose una armonía de formas menos dispersas, más claras, dejando atrás el hecho lúdico y pasional de las llamas, sintetizando elementos que siguen pareciendo bailar, pero ahora con un orden concreto y por un motivo de celebración: la esperanza. En contrapartida, el Infierno es el lugar donde no hay esperanza y por tanto allí, la línea utilizada por Nicolás se acerca más a la de Beuys, Twombly o Ensor, debido al calor y al ruido, a la forma de las llamas, a la cuestión de lo salvaje. Volviendo al Purgatorio, se puede observar cómo pasan las figuras portando ramas primitivas, siendo partícipes de algo hermoso, algo que les sigue llevando hacia delante -en este caso hacia arriba- porque como dice Dante, no es el hombre el que se eleva, sino un dios el que eleva al hombre y en este caso, Nicolás hace de demiurgo, provocando la ascensión de sus figuras suavemente, sin ruido, viajando hacia lo eterno sobre la grupa de lo imposible, hacia la cima del Purgatorio. Esta racionalización de la imagen se debe a que nos acercamos a la inteligencia, a la luz y por eso el dibujo se va desnudando, se va quedando solo, aislado, intentando mostrar lo esencial, reduciendo su volumen, su cantidad, naciendo una línea delicada que nos habla de la beatitud como única meta." La exageración es una especie de mentira y el vocabulario religioso, utilizado en exceso, acaba convirtiendo una misa en lo que debería ser una orgía. Una exposición, o es una orgía o es nada. Un catálogo o se acerca al tono de una revista porno o se convierte en un misal que lee una vieja escondida en un brasero. Séptimo acto, el clímax: "Dice Santo Tomás que el espíritu, vuelto hacia lo eterno, sólo conoce lo eterno y así llegamos al Paraíso, imaginado por Nicolás en unas pocas piezas que nos hablan de un respeto del artista por lo desconocido. En los dibujos finales se disfruta de lo dolce lume, esa manera que tiene Dante para referirse a la naturaleza de la luz que otorga la felicidad eterna, el bonum perfectum, esa luz que Nicolás intenta encender con la llama blanca de su -casi efímero- dibujo del Paraíso. Todo va desapareciendo a través de las líneas, pues existe un umbral que al hombre excede, donde la senda deja de existir y las cosas desaparecen ante la luz que el mortal no puede mirar fijamente, una luz que ciega porque es absoluta, porque es un misterio más allá de nuestro entendimiento. Por eso, el artista es cauto y humilde en su acción, en el cuestionamiento de si es posible representar ciertas cosas, en trazar ciertas líneas, planteando así problemáticas esenciales del arte, de la representación, de la metafísica. Tal vez, a esto se deba la escasez y ligereza de las piezas finales –chivadas por una Beatrice personalísima- casi dibujadas sin querer, o como diría Dante, sensibilmente; una manera ordenada de sensibilidad y significación que nos lleva a niveles abstractos de emoción." Es un desastre intentar adornar con erudición una obra que carece de toda erudición. La literatura del texto de catálogo debe volar solo y libre, ser una pieza más dentro de lo obvio que es en sí mismo lo pictórico. Arte de superficie. No hay profundidad. La ficción en una sola dimensión. Confundir la pintura con un libro de filosofía es tan pretencioso que llega a dar asco hasta hacerse inverosímil. Final, conclusión: "En vez de equilibrar los tres reinos, como hizo Dante, Nicolás propone una dinámica decreciente en intensidad y en cantidad que desemboca en una pura síntesis elemental donde no caben ya barroquismos ni sofisticaciones, porque si la felicidad tiene una forma, ésta debe de ser sencilla y clara; y eso es lo más difícil. Por dicha razón y envuelto en el manto de lo eterno, Nicolás se queda absorto frente a su último dibujo, un lugar solitario hasta donde –con suerte y de su mano- se le ha podido seguir, donde lo imaginado por el artista presupone la creencia en su obra, un deseo natural satisfecho, una aventura espiritual dirigida hacia el Bien –entendiéndolo como lo hace Spinoza- que sigue creciendo, pues todo esto, finalmente trata de una promesa, de un sueño, de una pasión por sentir las cosas en este mundo de carne tan confuso, donde todos permanecemos perdidos dentro de la loca senda de la vida donde sólo es posible imaginar la felicidad." La moraleja no debe ser grandilocuente si cabe. Siempre se agradece que el texto nos aporte algo al margen del objeto. En este caso, el tono inicial resucita al final y cierra el círculo. Tal vez, si el autor de este texto hubiese mantenido esa individualidad y se hubiera apartado de la idea preconcebida del formato de un catálogo, la cosa hubiese llegado a buen puerto y el texto seguiría teniendo una vigencia latente. Es muy complicado escribir un buen texto e intentarlo no es presuntuoso de primeras, pero hay que tener las cosas claras y la pluma ligera para escribir una pieza que siempre debería ser más breve de lo que uno piensa. Así y sin que sirva de precedente, el texto podría haber sido simplemente esto: "El artista se basa tangencialmente en la tradición para apoyar su miedo en un basamento marmóreo. La peligrosidad del hecho exige pies de plomo. Artistas como Stanley Brouwn, Erwin Wortelkamp o Piero Manzoni podrían ser sus padrinos aunque él lo ignore. Las comparaciones son odiosas y muchas veces innecesarias; el artista contemporáneo no es inocente y sabe a lo que juega. Otros textos en este catálogo mentirán sobre lo que ven por ser discretos; éste sólo puede sentirse agradecido por el arte del dibujo. Todo lo que vemos es una serie infinita que podría alargarse en el tiempo como un chicle, dividida según criterios meramente literarios. No hay literatura en ninguno de ellos; quien busque a Dante, que se vaya a la biblioteca. Es esta una exposición de apropiación como lo son tantas otras, un ejercicio repetido cercano a trabajos iniciales de Hans Uhlmann e incluso Dieter Roth. Anacrónica en el trazo, celebra la trazada e insiste en generar un megaobra que en realidad se podría resumir en un solo dibujo. Se hace fascinante pensar en cómo se reproduce el arte, dando la ilusión de ser un virus expandido, cuando sólo es una flor. Concentrarse en esa flor es el triunfo de lo verdadero, repetirlo ad infinitum es sólo mostrar musculatura, crear estrategia."
Vale












El continente efímero

COMENTARIO SOBRE LA POSTPOESÍA
DE FERNÁNDEZ MALLO
 
 



La fe es la cocacola
por el castigo

Leopoldo María Panero

 
 
Decía Jean-Francois Reveil -por contraposición a Oriente- que el arte europeo se define por la necesidad de crear sin cesar formas nuevas, cosa curiosa en una raza como la humana en la que todo se acaba repitiendo y donde las capacidades son tan limitadas y escasas. Será cuestión de psicoanálisis. La cosa es que no parece haber solución y nunca llueve a gusto de todos: en toda época aparecen una serie de voces que no aceptan el flujo natural de la existencia y se resisten a formar parte de él, inventando sus propios argumentos o teorías que les facilitan una caprichosa evasión. En el año 2010, el escritor gallego Agustín Fernández Mallo publicó un ensayo acerca del problema de construir un nuevo paradigma poético. Inicialmente, este tipo de obras son necesarias y en ciertas ocasiones, inevitables: ahí estuvo ya Philip Sidney con su Defensa de la poesía o las baladas de Wordsworth, los textos de Hoffmansthal, Boileau, Platón, Cascales, Borges, Octavio Paz, Parra, Adorno, Goethe, Alfonso Reyes o Mario Praz para intentar desliar la madeja y arrancar un poco de sueño al tedio para hacer avanzar la cadena de lo imposible, de la poesía. La cuestión de lo poemático posee el inconveniente de copar todo el espectro del Arte, cosa ignífuga y bastante resbaladiza, llena de vericuetos y laberintos sin solución. Intentar teorizar sobre qué es aquello o definir qué es esto, se convierte en un ejercicio ontológico de lo más confuso, del que una política miserable y ególatra se acaba haciendo dueña y señora. Es muy importante para un artista saber dónde está y quién es. La cuestión de la identidad es esencial en el mundo de las creaciones, de lo expresado. El riesgo de adentrarse en la cueva de las clasificaciones y relatos historicistas es elevado. Fernández Mallo se adentra no para hacer ciencia sino para dar su opinión, para ofrecer su pensamiento crítico sobre un tema que le parece alarmante: la poesía española del último medio siglo. Su planteamiento parte de que el atraso cultural español y su fuerte tradición católica no han dejado abrir los ojos a los poetas peninsulares, provocando una parálisis de concepto y formato. Según el escritor gallego, no se entiende el tono de los nuevos tiempos y el panorama de los poetas españoles está caducado porque parece ser que no hablan de lo que está pasando que, en resumidas cuentas, para este afamado hombre de letras es, de forma abreviada, el mundo de los media y la cultura del dinero. Ansía lo nuevo como si fuera heroína. Quiere controlar el destino de la mente y por ende, -aunque él no lo conciba- del espíritu.
El ejercicio lector de su lujoso panfleto comienza siendo entretenido y curioso, pero muy pronto se comienza a torcer, traicionando las espectativas, haciendo un superficial recorrido por la música de la movida madrileña, por la mitificada leyenda de los artistas conceptuales norteamericanos de los setenta, por citas de Borges y un puñado de chascarrillos pseudocientíficos, recordando al lector su pasado de físico profesional. Pronto, lo que uno aprecia es la incomprensión del autor ante un fenómeno inasible, la actitud hiperracional de una mente acelerada viviendo una época acelerada. Mezclar la literatura con canciones indies, darle la misma importancia a performances que a conocimientos filosóficos, aplanar la cultura para tranquilizar a su alma... no es manera de ser serios ante un tema tan importante como la definición de lo poético. Fernández Mallo es un postmoderno de manual que se quedó dando vueltas como un electrón alrededor de la nostalgia de una época que no fue del todo popular, pero que él sigue intentando popularizar. Lo más triste de un  artista es cuando se le nota desesperado por intentar cambiar el mundo, escribiendo desde su apartamento de lujo. El mundo hace lo que quiere y tiene paciencia, no ciencia. Pese a lo cuál, -y a pesar de haber publicado hasta la fecha 6 poemarios, a parte de 6 novelas y 6 ensayos (¿cifra diabólica?)- el autor se afinca en la idea de la muerte de la poesía, en un mundo donde todo texto es para él ficción. Muerte y ficción. Derridá in the air. Cuando un artista insiste sobre la muerte de la disciplina que practica, a uno le da por pensar si será más bien una estrategia fatal para quitarse competidores de en medio y habitar su oficio muerto con mayor número de dividendos, vamos, con más hueco. Piensen en Cela y su decadencia. Así, Postpoesía se convierte en seguida en un flojo manual posmodernista, en la cruda justificación de un intento de -ismo demasiado vago y sulfuroso. Las páginas rebosan metáforas científicas, antropológicas, matemáticas... hasta el punto de sentir estar leyendo un bodrio sociológico en forma de refrito entre Baudrillard, Gorin, Steiner y Vattino. Un pequeño desastre. Como buen sociólogo no habla de literatura, no habla de arte: da la sensación de ser un tipo enterado, un gacho aficionado a leer prensa, ver la tele y fascinarse por todo lo industrial. Hablar de Historia sin creer en la Historia. No hay que olvidar que en su día ya intentó fundar una generación literaria basada en dulces industriales. Lo suyo es el chocolate. Lo transgénico. Lo simulado. El ensayo es un fantasma con ganas de comerse un sandwich de nocilla y no lo digo a la ligera, sino como la aseveración de una actitud win-win, proponga lo que proponga. Fernandez Mallo es un vencedor cultural desde sus inicios: no citaré aquí su enorme lista de premios ni sus privilegiagos contratos editoriales, que no son pocos ni triviales y que de hecho, no paran de crecer. Todo quisqui se alegra de ello. La cuestión es la contradicción o el capricho, la opinión ligera y el bluf. Fernandez Mallo se aferra al dogma posmoderno y lo ejecuta a raja tabla rechazando todo tipo de evidencias, industrializando la literatura -culo veo, culo quiero-. Tal vez el capitalismo ha llegado a una fase de alienación de conciencia en la cuál cada individuo cree en la realidad que sueña y como no sueña pues consume, cree en lo que consume a partir de las ganancias y entonces mea colonia, vomitando discursos sobre lo que mejor le convenga. La ganancia es la nueva mitología. No sé cuál es la razón pero le encanta hablar de las cámaras de burbujas de hidrógeno y del ilegible grupo Los planetas. Son sus coletillas preferidas, sus ases en la manga. Cita a Esteban Peicovih para hablar sobre el collage poético pero no nombra ni por asomo a Burroughs, pionero de dicho arte. Cita en demasiadas ocasiones a Borges, a Vicent y a Wittgenstein; ¿por qué repetirse tanto si él sólo busca lo nuevo? Se nota una urgencia caprichosa, un estilo apresurado sobre un tema que lleva milenios debatiéndose: los antiguos y los modernos, qué es lo moderno, qué es el tiempo, qué es la Historia, qué carajo es el Arte. Alaba a Newton y a Einstein, pero le parecen viejos Duchamp y Mallarmé. No menciona poetas latinoamericanos. No tiene ningún problema en matar a la poesía y en elevar al olimpo de las artes a la ciencia y a la cocina, de hecho, el icono estructural del ensayo es un huevo frito. Pretende ser como Warhol pero a lo castizo, o sea, siendo peninsular o arrabalero. Claro, Warhol era católico bizantino y Fernández Mallo es un snob de letra fina. Warhol fue un pintor desastroso y un brillante cineasta y el autor de Postpoesía, odia el cinematógrafo. Al menos, eso sugiere el texto. Cree que todo es un laboratorio (¿y cuando no lo fue?) y coloca el prefijo post a toda nueva ocurrencia que se le venga. Se viene rápido. Es precoz. Un escritor de éxito teorizando de cómo deberían ser las cosas, platonizando una especulación infantil. Sus párrafos acaban atacando a la tradición, ignorando en vez de interrogando. Para ser gallego, no domina del todo la duda. Es ingenioso pero le falta humorismo. Prefiere al artesano -como toda industria- al artista, desapegado, indisciplinado, improductivo. Fernández Mallo pretende ser una máquina de ideas y de libros, una panadería tipográfica donde se impriman sofísticas varias, ya que en la península también se careció de estructuralismo y por supuesto, de postestructuralismo. Ouyea. Fernández Mallo es un transhumanista decadente con un huevo frito hirviéndole en la mano. Sabe que miente pero sigue adelante: es como Bernie Madoff. No puede parar. Empuja hacia lo externo de las cosas cuando ésta época o mejor dicho, el individuo de esta época necesita explorar sus adentros más que nunca, desligado de su intimidad esencial. El mundo del silencio. Jacques Cousteau. Su lenguaje es capitalismo puro, un visión hiperrealista del entramado, una claudicación en forma de carrera exitosa como método de salvación. Sólo la fama y la exposición pueden liberar a lo humano. Un error. Dos errores. Una teoría del Todo. Desprecia lo chamánico y vincula la poesía con la visita a restaurantes o lavanderías. Practica un estilo naturalista como Zola; alguien que quiso vender un pobre costumbrismo con otro nombre. Confunde el símbolo y la metáfora, niega la historia, la sucesión, no cree en poemas que no tengan la palabra Chanel en sus versos. Sólo parece creer en las raves, en la música electrónica y las drogas de diseño. De hecho, llega a la puritana ocurrencia de plantear el hecho de comerse las dos píldoras de Matrix, de no elegir, ¿por qué nadie toma dicha opción? Tremendo menda. Como buen posmoderno evita el pensamiento compeljo y se afinca en la sobreinformación: sus textos son listas de referencias de manuales de cultura popera y palimpsestos de divulgación. Muy instructivo. Sugestivo. Su sueño parece ser la sustitución de La Odisea por un disco de Astrud. Todo nos parece una mierda (pero sabemos cero como cero sobre lo humano). Tabula rasa a punta de pistola. A punta pala. Apocalipsis. Le encanta. Su filosofía Beatle asombra a cada línea acercándose paradójicamente a la doctrina cristiana; Dios = Mercado. Es un foucoultiano que no ha leído un solo libro del psicólogo infinito. Ama los tecnicismos, cambia el sentido de las palabras para que encajen en sus discursos, sólo cree en el presente y la simultaneidad, le encantaría viajar sobre un átomo hasta destruir el Arte. Es un talibán empoderado. No entiende la oralidad (confunde el origen de la Literatura con el teatro), bastardea al cine, elimina el tiempo pero se arrodilla ante el Presente, cree y no cree; es ambiguo. Prohibe definir la postpoesía ya que sólo puede mostrarse, él que odia el misticismo, se entrega cuando le viene bien a lo esotérico. A pesar de que Fernández Mallo se jacta de lo transitorio, en dicho fenómeno -pese a quien le pese- anida lo eterno, lo bello, lo que no cambia. aunque todo fluya, todo es Uno. Él es un escritor renacentista, alguien que cree en el progreso como una ley, un ser sometido por una ambigüedad diseñada por un gadget. El artista atrapado en el triángulo del bienestar, la diversión y el consumo sólo es una vela entregada a la fama de las simulaciones. Sociología de la mala. Dualismo abstracto. La Postpoesía sería -en caso de existir- la caricatura de la revolución poética, un libelo repleto de sandeces copiado de una factura de teléfono.
Amén.



















 

 

 

 

¿EL ARTE O LA VIDA?

Lecciones de ecologismo 

 




Primero fue un Van Gogh y luego un Monet. Primero los girasoles y luego los montones de heno. Tomate y puré de patatas. Superglú para pegar las manos a la pared. Un chico y una chica (que no se diga). Londres y Potsdam, ¿cuál será la siguiente víctima? La cuestión de los atentados artísticos siempre ha sido la propaganda o la autopromoción, ya sea un acto ejecutado por interés profesional o por un simple ataque narcisista (¡estoy aquí, estoy aquí!). El año pasado, el vigilante de un museo ruso pintó varios pares de ojos con boli a los bustos desnudos de un cuadro de los años 30', valorado en un millón de euros; todo por simple aburrimiento. En 2012, una parroquiana maña restauró un Ecce Homo de 1930 a su gusto con pinturas del chino, convirtiéndolo en un monigote (quitándole dramatismo, eso sí es verdad) y hoy se exhibe en la iglesia del pueblo y cobra 3 euros para verlo. Convertir lo débil en fuerte, lo bello en rentable, lo inteligente en soez. Frivolidad existencial. Vivimos en una sociedad enferma, pero lo que es aún peor, vivimos en una sociedad analfabeta. Antes lo freak, lo vulgar, lo ridículo se entendía como tal; hoy es la ley, la vía del éxito. La vulgaridad vital ha llegado al extremo de instrumentalizar la inutilidad: el mundo del arte, hoy día, tiene una repercusión mínima en lo humano, por no decir ninguna. Los artistas son unos parias; hoy cualquier cosa es alabable si es rentable. La burguesía se sienta en su saloncito cada domingo a leer los semanales para fascinarse por el precio que cuesta un tríptico de Bacon o un retrato de Lucian Freud. Por no hablar de Hirst, Koons y compañía. Pero la cosa se queda ahí. Nadie se preocupa por la obra en sí misma, a nadie le quita el sueño hoy el misterio que esconde la pintura. Hoy nadie tiene vergüenza de no interesarse por obras ilustres o artistas intempestuosos, como si todo, de alguna manera, hubiera caducado y se hubiese igualado al olvido. Hoy, la religión suprema es la ciencia y la ciencia ha sustituido al arte y a la religión para ofrecer una nueva fe. Parte de esa creencia genera el ecologismo, un movimiento connatural a nuestra época, nacido en un mundo sobreexplotado y perverso donde el dios dinero, Plutón, es el único dios verdadero. Una especie de vengador tóxico autoindulgente. Existe un problema real en el sistema creado por el capitalismo tardío, un problema de contradicción en forma de bucle que se muerde la cola. Personajes mediáticos como Greta Thunberg sembraron la semilla de lo eco en las nuevas generaciones, así como Greenpeace lo había hecho desde los años 90' para sus respectivos. Una de las diferencias que llaman la atención de los activistas de hoy y los de antes, es el nivel de riesgo: ¿se puede comparar el jugarse la vida para detener un ballenero o impedir una prueba nuclear, a tirar una lata de tomate a un cuadro que, para colmo, está protegido por un cristal? El mensaje es diferente. La verdad que se quiere transmitir es distinta y además, ¿por qué el planteamiento-chantaje: la vida o el arte? Como se decía en España: "la pasta o la vida." Existe una confusión infantilizada, una resistencia sin consecuencia, un mundo sin sangre en las venas. Amebas. La realidad se ha simplificado en un parque infantil donde existen normas, incluso para los que se las saltan y movimientos sociales como el ecologismo paraecen, sin querer, encarnar viejos movimientos artísticos autodestructivos. Hoy el punk no existe, el rock&roll está envenenado, ¿qué queda? Música electrónica o reguetón. El mundo se polariza hasta extremos ionesquianos, pero en realidad, todo es filfa. Todo es una mala performance, una broma sin gracia que por primera vez en la Historia, puede ser muy rentable. El arte actual no tiene ninguna repercusión en la sociedad, por ello, los óleos impresionistas violentados por estas activistas no son exactamente lo que parecen: ellas vierten sus conservas sobre el valor monetario de esos objetos, pero hoy no se conoce la diferencia entre el coste y el valor de las cosas, entre el contenido y la forma, entre la vida y el arte, ¿qué es la Vida? ¿qué es el Arte? Parece que los nuevos ecologistas lo tienen muy claro y demasiado rápido pues, en cambio, la Filosofía y la Estética aún no han llegado solucionar ese par de cuestiones tras miles de años. Este tipo de atentados se justifican afirmando que el arte es un negocio superficial y que la vida es una estadística científica calculable y controlable. Lo uno ni lo otro. En este mundo de hipervelocidad e internet, lo tonto, lo ridículo y lo instantáneo es lo bueno, lo bonito y lo mejor. Una generación de neuróticos acelerados se acerca como una ola con la única idea del futuro entre sus cejas. El pasado se ha convertido en un tabú, en una obsolescencia creciente que en su ideología ni entra, ni debería entrar. Tienen miedo al pasado pues allí viven las soluciones del presente, pero enfrentarse a lo conplejo, a lo sublime y a la excelencia, no entra dentro de sus planes, por si a caso acaban pareciendo insignificantes o palurdos. El sistema actual les ha enseñado que deben adorar al futuro, pues allí nada se compara con nada y caben todos los deseos, utopías y chorradas que a uno se le pueda ocurrir para salvar el mundo, pues el porvenir nadie lo conoce ni nadie lo conocerá. Se trata de una falacia. El arte es atacado de forma gratuita porque hoy es inofensivo, un juego de niños. Hoy todo el mundo se cree un artista porque hace videos en tiktok; esa es la medida de nuestra era, terrible ¿verdad?. Da miedo pensar en que se apoderen del mundo los ostentadores del famoso cambio de paradigma. Pero parece que hay que luchar aunque sea con el arma de la estupidez. A ver qué tal nos va con estos nuevos ismos que tanto recuerdan a los años veinte del antiguo siglo y que ya nadie parece querer mirar, teniendo la sensación de que nunca existieron.












 
 
LA LECHE DE LOS SUEÑOS
A propósito de un artículo de Jorge Carrión 
 
 
Bruno Munari

 
 
El objeto como espejo del sujeto
J. B.
 
 
Como es habitual, el articulista Jorge Carrión deleita a sus lectores con inteligentes y pedagógicos textos en el Washinton Post digital, abordando temas diversos como el conocimiento del cosmos, reflexiones sobre publicaciones literarias, política, sucesos o mundo artístico, de hecho, en ocasiones llega hasta el éxtasis de la autopromoción. Y no es extraño descubrir esto en un hombre que parece haberlo leído todo y por ende, saberlo todo. Más que un antropólogo o sociólogo -términos más afines a su singularidad- se le debería encajar en aquello de la futurología o tertulianismo. Opina de todo y sienta cátedra utilizando términos y conceptos bien vistos por los bienpensantes, esa raza especial de la humanidad que no falla nunca al expresarse y ve el futuro tan claro que en sus palabras, lo ideológico y lo real acaban casando. Pero una cosa es la retórica y otra la vida. Cuando uno lee demasiado, tiende a pensar en la posibilidad de imposibilidades, vamos, en ficcionalizar lo acontecido. De esto va, en teoría, cualquier bienal de arte, en el caso que nos ocupa, la número 59 de Venecia, donde se han vuelto a repetir los mismos clichés que se llevan imitando desde hace más de medio siglo, pero como si de una maldición se tratase, no hay crítico o columnista ilustre que se precie a hablar en plata, parapetándose en la supuesta diversidad cultural como escudo o excusa para explayarse en menudencias socioculturales. Al lío: Carrión ensalza la proeza conceptual de Ignasi Aballí, regodeándose en el vacío generado por una intervención artística cuanto menos cuestionable, basada en una minucia arquitectónica de muy poco calado, vamos, en una ocurrencia burguesa, ¿podemos hablar de lo humano ante manifestaciones de este tipo? Sigue siendo asombroso descubrir cómo cierta crítica sigue apabullada por tendencias casposas como el conceptual o el minimal. Lo curioso es ver cómo personas tan documentadas como Jorge Carrión siguen la bola oficialista que mantiene vivo el caché de un grupo de artistas nada despreciable a las alturas del partido. La cosa es que nombra a Bea Espejo, crítica profesional dedicada al proselitismo artístico y el pensamiento débil, como un factor positivo en su función como curadora o como se definía a estos asuntos hace no tanto tiempo, comisaria. Una de las misiones de la contemporaneidad es luchar contra las palabras ofensivas o poco inclusivas o simplemente no-cool -en un afán cientificista en busca del rigor perdido- y en eso Carrión es un experto y no en arte o en ciencia o en qué sé yo, sino en recopilar el léxico de última generación y enseñar a aplicarlo de manera natural. Más profesores y menos pedagogos. En realidad Carrión es una especie de lingüísta que ha intentado hacer de los textos un negocio, una forma de vida. Y lo ha conseguido. Chapó. La cuestión es que existe una ausencia de verdadera reflexión en sus textos, embadurnados de terminología milenial y tecnicismos varios. Nadie cuestiona su formidable capacidad de síntesis y claridad, virtudes obligadas para un divulgador de su talla; nadie duda de su amor por la literatura, su defensa de la librerías y su posición personal ante fenómenos destructivos como lo puede ser Amazon. Lo curioso es que tanto seso y tanta palabrería no den para darse cuenta de las esencias, nunca cuestión baladí: desde hace 60 años se ha comprobado cómo el arte conceptual es meramente un texto, aplicado o no en brevedad supina, y por tanto literatura, aunque se le siga llamando arte conceptual. El Arte y la Literatura son vasos comunicantes, hermanos gemelos, pero no idénticos. Siguiendo sus textos sobre temas artísticos no acaba de entenderse la definición de arte que Carrión defiende y sólo se le lee acerca de política, institución o maqueta de mundo. Diseño de mundo: es como si Carrión jugara a predicar un nuevo diseño de la mente a partir de estereotipos y corrientes ganadoras de opinión. Y eso no es trigo limpio. La escritura de Carrión es distante, es como un tutorial de los caros, tan transparente que en ocasiones se hace obsceno. Cuando la comunicación lo copa todo, desaparece la representación y comienza lo abstracto, lo etéreo, el valor de mercado y s eimpone el medio por encima del mensaje. Así Carrión destaca lo científico y tecnológico por encima de todo como si de ello dependiera el futuro de las artes, cuando ellas, son independientes y hermosamente marginales. Intentar incluir el arte en una categoría y analizarlo como a una gamba, sólo causa risa para el lector medianamente serio. La obsesión por la información, la pasión por ordenarla y comprenderla para averiguar algún enigma oculto en la confusión aplicada del presente, no sólo hace errar a Carrión y a periodistas como Bea Espejo, sino a creadores que acaban firmando como artistas obras sin emoción y por tanto, inútiles para el espíritu. Porque, asumiendo riesgos y poniendo naipes del revés, ¿de qué trata el arte y de qué trata una bienal? Son cosas diferentes aunque deberían ser análogas. Citando a Marina Garcés, Carrión plantea el tema de la importancia del Yo, de la falsedad de la autoría y de la alienación inconsciente: ¿a través de quién pensamos y hablamos? El artista es un médium, un puente, un canal a través del que fluye una ciencia, un conocimiento, una ideología, una idea, una forma, un sonido... el Yo sólo es un invento freudiano para establecer puntos de referencia; quien lea a Freud de forma literal, como el que lee el Pentateuco de forma literal, se equivoca y lo peor, malinterpreta un texto. Una autoría. Sin autor no hay obra, sin autor no hay cultura, sólo mercado. Sin Picasso no hay siglo XX. Sin Picasso no hay texto, no hay concepto. De nuevo llegamos al mismo punto de partida: el concepto, el texto, el mundo. Quiénes somos en esa maqueta de la existencia es cuestión inaplazable, otra cosa es que haya alguien que mueva nuestra ficha sin darnos cuenta o que quiera hacerlo, engañándonos. Vuelta a los sofistas. Aquí entramos en el lodo de la propaganda: Carrión escribe en un medio que aborda temas de poder, conflictos internacionales, EEUU, bla, bla, bla y sus artículos encajan porque carecen, como todo lo demás, de emoción, a pesar de aparentar lo contrario: entusiasmo, ingenio y rebeldía. Amante de lo virtual, defensor de la soberbia colectiva, de la filosofía del metaverso, de lo grupal, lo horizontal, lo curatorial y del artista responsable, ¿no es todo esto una incorrección y un insulto absoluto a los artistas en general y al arte en concreto?, ¿quién habla por la voz d Carrión, de quién es altavoz? Al tener voz puedes construir una razón potable, pero nunca una verdad. Tenemos un siglo por delante para entender esa diferencia que lo cambia todo. Con razón hay Obama, hay Trump, hay Biden; con verdad no los habría. Las torres volverían a caer. La sabiduría es inamovible: el Arte no es variable como la ciencia o la filosofía, las cuales cambian cada decenio. 
En cuanto a asuntos menores, la defensa de Carrión del arte latinoamericano se puede decir que está muy desfasado y llueve sobre mojado, intentando ser pionero, llegando muy tarde a una fiesta que empezó hace cincuenta años, cuando según él, Picasso lideró un modelo humano que se extingue, ¿se extingue o se cancela?, ¿quién tiene la resposabilidad en una sociedad donde muy pocas voces ordenan el cotarro? La ilusión colaborativa y participativa generada por el fenómeno internauta es un bodrio, una falacia, el opio del pueblo de hoy. Las bienales, ya sean la de Sau paulo, la Documenta de Kassel o la de Sidney serán lo que decidan sus dueños y sus comisarios que sean, pero hasta que no se deje de idolatrar al comisariado y de politizar las obras, una bienal sólo será una bienal y nunca una expresión artística. Mientras que no se entienda que el artista es un marginal por naturaleza y que no debe comulgar con ninguna normativa o tendencia, categoría o definición, el arte del siglo XXI estará perdido y olvidará sus referentes en este mundo postpandémido donde todo parece olvidarse con extraño beneplácito de la inteligencia cultural, como si al final, todo se tratase de eso, de borrar todo, de reiniciar el ordenador para generar una nueva idea de mundo ilustrado antes de la llegada de la Revelación Última.
 
 






 


 
ALEX KATZ
(N. Y., 1927)
 
En el vacío de las apariencias
 


¿Qué son los cuadros de Alex Katz? Desde finales de los 50' comienza una transición pictórica de la idea de la superficie neutra y la incorporación de lo figurativo al vacío puro, construido conscientemente desde Malevich y desarrollado hasta sus últimas consecuencias por Kline, Newman, Rothko, Ad Reindhardt, Motherwell o Clifford Still entre otros. La llamada Pintura de Campo fue un estilo puramente norteamericano, muy promocionado -entre otros- por el ingenioso crítico y cabezota de Clement Greenberg, que se materializó con una intención innovadora, emancipadora. La cultura estadounidense necesitaba desligarse de la tradición europea y se atrevió a sumergirse en el callejón sin salida de la abstracción, a pesar de que pintores como Miró o los suprematistas rusos ya habían anunciado y superado ese camino hacía décadas. En ese momento de terrible posguerra europea, el continente americano goza de una comodidad y una salud excelentes: países como Uruguay y Argentina nadan en la abundancia y al mismo tiempo, EEUU comienza su política imperialista e impone su mantra eterno: el American Way of Life. En paralelo a los abstractos, aparece la línea pop con Warhol, Lichtenstein y Hamilton a la cabeza, una especie de abstracción popular, enmascarada mediante elementos infantiles, humorísticos o simplemente cotidianos. Esta línea es, de alguna manera, desde la que se puede entender el trabajo de Katz. El pintor niuyorkino nos muestra pinturas explícitas, cuasirrealistas, aisladas y frías, en general, de gran formato; contemplar sus piezas es como asistir a una estrategia perfecta urdida por una mentira prevista y publicitaria, una falsedad fascinante transmitida a través de la fuerza del color de lo falso. De alguna manera, al igual que los horripilantes bustos de Jaume Plensa, los casposos cuadros urbanísticos de Antonio López o la época decadente de Juan Uslé, la obra de Katz desvirtúa la percepción del espectador, aturdiendo al personal de manera más o menos eficaz hasta agotarlo, llevándole ante una pantalla de formas vacuas, de cromos gigantescos sin gracia. Si Alex Katz fue pionero en algo fue en darse cuenta de lo provechoso de la mina de lo vulgar, de la rentabilidad de lo aséptico, o lo que es lo mismo: urdir la idea de una pintura infrarrealista, naif y colorista sin que apenas se note, vendiéndola como pura decoración de revista de moda, como chapas, como pegatinas de recreo. Su plan fue infalible. Katz cae en la trampa del vender y del gustar; su obra es una especie de ambicioso supermercado, una especie de folleto informativo de avión donde se explica cómo ponerse una mascarilla o cómo agacharse tras el sillón antes de estriparse en medio del océano. El falso matiz parece ser su prerrogativa y el impacto instantáneo su único y mayor objetivo. Un cuadro de Katz no tiene ni más ni menos que lo que se percibe de él en la primera milésima; es un producto postmoderno que confiere al artista un estado flagrante de ignominia. Es vergonzoso. Aunque inicialmente podría clasificarse como artista pop, por las mismas razones se le podría tildar de kitsch o de la misma manera, como un muralista institucional, de oficina, ese tipo de artesanos ante cuyas obras el público se siente fuerte, impulsado por la simplicidad intencionada de Katz que llena el Superego y obliga a tirarse a la piscina de los juicios aleatorios. Katz es un decorador que brinda la oportunidad de comprobar en vivo cómo un tipo de arte deshumanizado se ha asentado en el presente; se trata de una obra tan limpia que fallece, tan explícita que es obscena, tan pobre que inunda el alma de tonos neutros hasta conseguir una calma de guardería o de tienda de muebles sueca. Su soberbia llega a momentos surealistas: realiza homenajes a Monet o a Newman, generando versiones infantilizadas de una torpeza tal que obligan a apartar la mirada. Terrible. La República de la insensibilidad. Lo peor de Katz es el mensaje neonihilista que lanza mediante sus clónicas figuras, ennobleciendo la más terrible cotidianeidad, endiosando el aburrimiento, el vacío existencial, la vaguedad de las apariencias y todo lo que pueda caber en una revista semanal de moda. Sus presencias parecen monigotes de plastilina de mirada perfilada, frívola. Sin duda, una obra compuesta de insubstancialidad que debería escurrirse directamente a la alcantarilla de la basura pestilente, hoy aún alentada por la mirada inexperta y confusa de ese público tan desesperado por tener algo qué decir, de sentir cosquillas en el cerebro al empoderarse mediante una débil opinión, sin temor de decir en alto, en medio de la sala, sin vergüenza ninguna, desde su cultura del Barrio de Salamanca: ¡Mira qué bonito!
 
 
 

 

 

 Lo Mórbido



Hay algo que se está desmoronando en el mundo del arte, un fenómeno que sigue derritiéndose poco a poco -como la monarquía-, dejando un sospechoso tufillo a podrido; se trata de un hacer concreto, alabado por la prensa especializada desde finales de los años 90', una dinámica que aún sigue insistiendo en camuflar su fracaso, su vaciedad de simulación. Un ejemplo es la última exposición de Nuria Fuster, (M)other and Another, en la galería santanderina Juan Silió. Esculturas flácidas, tickets quemados, superficies agujereadas, exoesqueletos alienígenas, antenas de televisión, toallas enrolladas, planchas y tentáculos que devienen manos horripilantes, componen un aquelarre de seres dignos del museo Madame Tussauds, sea de forma deliberada o no. Una pesadilla. La cuestión es que el imaginario de una serie de jóvenes artistas de tendencia -afines a la línea Thirdists de los 80'-, hiperalérgicos a la ilusión de lo humano, exitosos desde hace quince años y demasiado mimados por la prensa e instituciones -y cuyos campos semánticos se construían a partir de referencias exageradas de la historia del arte como pueden ser las de Beauys, Calder, Barceló o Koons-, han estirado tanto el chicle bailando en los confines de la indiferencia, que han perdido la posibilidad de la mirada original. Y no es que, en este caso, la intención de la obra de Fuster sea obviar lo humano, lo grave es que durante toda su trayectoria ha mareado de tal forma la perdiz, alejándose tanto de las esencias fundamentales del oficio -agarrándose sólo a las bien consideradas profesionales- que ahora, al desea sacar el hocico, lo que sale, aparece muerto o moribundo. Necrosado. Cancerígeno. Las formas fálicas de sus esculturas demuestran no ya que el dolor es un factor en la erogeneidad, sino que la insistencia perseverante del formalismo banal en el corpus de un artista, puede conducir a encerrarle en el psicodrama de su propia desaparición. Influencias como la de Peter Nadin, Sarah Charlesworth o Saint Clair Cemin, le hacen un flaco favor a Nuria Fuster, protagonista de un revival infame y perverso sin profundidad alguna, tan anodino como la serie de acuarelas colgada de los muros. Además, el ambiente lynchiano de la sala desprende una sensación manida, un déjà vú desagradable. Con todo el respeto, el conjunto presentado irradia un aura de Hotel Transilvania o mejor dicho, de un trasunto de la Familia Adams donde Cosa (aquella mano hiperactiva e inquietante) aparece como metáfora de un destino mórbido de enferma desilusión.

 

 

 

 

 

 

FELIPE TALO





T A L O
Palabras para una obra-crisol







No hay mucho que conectar, no existe correspondencia: dale un crucigrama y un lápiz y el artista retratará el mundo. Las cañas de bambú se erigen como sirenas cachondas y la disco de lo supranatural florece. Hay un jardín que sólo cultivan ciertos artistas, un parterre de color amarillo lleno de víboras sobre el que se sientan señoritas inconscientes jugando a las cartas. Cada uno de esos naipes te mira, te seduce en un lenguaje morse repleto de paréntesis y máscaras escritas en el cielo, llenas de estelas luminosas donde sólo se distingue un mensaje parasismal de poemas; se cuentan cuentos al oído y los ventrílocuos palidecen ante el poder del muñeco. La ida y la venida se trastocan, hierven en el lunar de una diosa dirigida por un poeta musical harto ya del vino del tiempo. Existe una ebriedad al sentarse, una lógica personal en la frase, un abrirse de los laberintos que hace brotar al florero. El arte de zozobrar.  Ella nos mira desde arriba mientras el león ruge y todo se escribe sobre las paredes. El hidalgo mayor resucita para llenar de vaho los sueños y alinear las visiones en una única zambullida. Las velas recorren la copia con su luz, la luz calcula en números su embriaguez; todos los falos son talos de otro imperio no acaecido. Las vibraciones rodean a los entes lenticulares cantando su alegría desde la tripa, desde el estómago insurrecto. Los muros intestinales se derrumban y los intestinos hacen de galaxia fractal cuando lo femenino se despliega sobre lo masculino; muy lejos de los géneros avanza la bola de cañón como un polígono sin nombre, lanzada hacia un final sin datos, rodeada de agua bendita. A veces todo se derrite como un helado, otras, es un perro que asciende para ser un color o una danza. Tu retrato es una coraza, tu corazón, un rincón donde confluirán dos pinturas que acabarán siendo un murciélago. Vibran los motores cuando el ídolo se repite en emoción y ella se tapa la cara para no responder la llamada impertinente que secuestra al espíritu en su terca telaraña. 
Algo te está envolviendo y no te das cuenta.
Hay un artista tras el pájaro, fantasmas sobre la punta del grafito; parece haber una escalera por la que sólo viaja el murciélago, la rata voladora, el monstruo derramado. Talo es sólo un nombre entre muchos otros, una alegoría filipina llena de misterios, rodeada de demonios. Si le conoces huirás, si no le conoces, perecerás de envidia. La pintura como paranoia, la paranoia como oasis, como sal marina entregada al aire, derramada en un espejo sin doble; un crisol de seres en abanico. Innumerables cazadores, una sola vida.