Los juicios ilógicos conducen a una experiencia nueva. Sol Lewitt Belarte debe llamarse al Arte, para excluir netamente la sensorialidad, cuyo oficio y cultivo debe llamarse Culinaria. Yo propondría como mejor nombre del Arte el de Autorística. (...) El Arte no es un fenómeno de Belleza; ésta, si existe, es la natural, de ambas Naturalezas; psíquica y física. El Arte es un fenómeno de Autorística, más personal y típica que la Autorística del saber, o Ciencia. Y la Autorística -que no copia mentes ni cosas- típica, o el Arte, nace de emoción impráctica y suscita emoción impráctica, nunca de sensación y para sensación. Macedonio Fernández

CHEMA MADOZ o El principio

 

 

 

CHEMA MADOZ

o El principio 

 

 

 

Casi la totalidad del público conoce -o debería conocer- parte de la obra del fotógrafo madrileño Chema Madoz. Artista nacido de la pseudo-ola cultural de la Movida de los años 80', su estilo no se dejó atrapar por los colores vivos y la repetición superficial de banalidades, o lo que es lo mismo, desechó la opción de desarrollarse como un artista pop. Se sabe -desde sus inicios- que lo suyo es un arte meticuloso, lento y detallado, basado profundamente en los juegos visuales, en la metáfora, la metonimia, el oxímoron y cualquier figura que ofrezca a la realidad, al menos, varios significados.

Muchas de sus fotografías se han convertido en iconos aislados de una manera de mirar las cosas, en un ejército de momentos ingeniosos donde las cosquillas de la mente -y a veces del humor- se hacen poderosas. La obra de Madoz ha ido creciendo exponencialmente y se expande y multiplica como un virus. Hay exposiciones de Madoz por todos lados y en todos sitios. Sus greguerías visuales, sus homenajes magrittianos y su peculiar surrealismo evoluciona por momentos, casi imperceptiblemente desde hace 40 años. Su invasión de la realidad es silenciosa pero efectiva.
 


Es difícil que alguien no reconozca un Chema Madoz, más fácil es que alguien no le ponga cara al artista, pero su obra está enquistada en la cultura fotográfica de una manera singular y con pilares muy firmes. La demostración de que Madoz es un verdadero artista es el nivel de obsesión que muestran sus formas, sus objetos, sus ideas, todas en fila india esperando su momento a ser descifradas o imaginadas. En realidad la obra de Madoz funciona como un teatro de dimensiones donde el ojo entra en un mundo donde las relaciones entre las cosas cambian hasta llegar, en ciertos momentos, al mundo poético. En referencia a ello, habría que destacar una primera línea de sus obras al principio de su carrera de una especial relevancia: fotografías realizadas en exteriores, a veces con la aparición del rastro humano -excepcional en casi la totalidad de su obra- y con un juego mayor de sugestión y más poderoso, que tal vez se ha ido perdiendo o acomodándose sobre los objetos. 


 
No esta una crítica de decadencia, pero sí de aburguesamiento en la estética madoziana. Al ir sacando el factor humano de sus fotografías y juegos, el objeto va perdiendo el alma hasta convertirse en una especie de fetiche o talismán -en el mejor de los casos- cuando no en una mera cosa sobre la que se actúa sin un efecto poderoso. Se comprende que una carrera tan dilatada como la de Madoz no puede estar plagada constantemente de milagros, pero el análisis pertinente descifra un aislamiento del propio artista, distanciándose cada vez más de la piel y el gesto humanos, para quedarse a solas con la materia que -por cierto- ni habla ni se queja y lo mejor de todo, no interrumpe y no da problemas.


 
Uno de los peligros de trabajar exclusivamente con objetos es el de caer inconscientemente en un mundo estetizante, decorativo. Hoy día el arte peca mucho de decorativo, de objeto armónico, de elemento de diseño. El arte no tiene nada que ver con estos mundos del maridaje y el conjuntado, de la linea fina y el tono arena del salón que pega con el sofá. El gran riesgo que sufre la obra de Madoz es ser entendida como elemento decorativo puro, de nitidez potable, de elemento de lujo. La fama de Madoz ha hecho que esto sea inevitable y gran parte de sus obras se encuentren en manos de particulares que conjugan los tonos madozianos con los colores de su alfombra monócroma. 
 
 
La ausencia de humanidad en sus fotografías conduce a la obra de Madoz al mundo del materialismo y muchas veces al de la superficialidad o el vacío. El nihilismo es inevitable en muchas de sus obras y cuando el ingenio o la fuerza de la imagen no es suficiente, su obra produce un efecto aséptico, artificial. Moverse con objetos cotidianos tiene un precio, desarrollar demasiadas ideas y tratarlas como si fueran brillantes, también. Le pasó a Gómez de la Serna, le ocurrió a Magritte y a Apollinaire: muchas de sus obras han caducado por falta de vigor relacional, de magia suficiente. Madoz, cuando es inigualable, ejerce su arte como un mago -y nos demuestra que la realidad es infinita y flexible-, pero cuando no acierta -que se produce más a menudo- produce indiferencia, desencanto. Por ello, vuelvan a sus primeros trabajos y descubran una de sus vertiente menos conocidas y quizás, la más poderosa y que nunca debió abandonar.