Los juicios ilógicos conducen a una experiencia nueva. Sol Lewitt Belarte debe llamarse al Arte, para excluir netamente la sensorialidad, cuyo oficio y cultivo debe llamarse Culinaria. Yo propondría como mejor nombre del Arte el de Autorística. (...) El Arte no es un fenómeno de Belleza; ésta, si existe, es la natural, de ambas Naturalezas; psíquica y física. El Arte es un fenómeno de Autorística, más personal y típica que la Autorística del saber, o Ciencia. Y la Autorística -que no copia mentes ni cosas- típica, o el Arte, nace de emoción impráctica y suscita emoción impráctica, nunca de sensación y para sensación. Macedonio Fernández

LAS MENTIRAS DE JOAN FONTCUBERTA: INTRODUCCIÓN A LA FOTOGRAFÍA "FANTÁSTICA"

 
 
 
 
  
 
Joan Fontcuberta (1955) persiste en su deriva fantástica sobre la fotografía, divirtiéndose a costa del público con sus ingenios y trucajes, con sus manipulaciones e intervenciones dispares. Fontcuberta no realiza fotografías bellas o interesantes: ese no es su fin. El objeto de este "fotógrafo" y teórico del arte es plantear qué es real en un mundo construido de mentiras, de simulaciones, de virtualidades y tecnologías diabólicas, pero ¿qué es la mentira en realidad?
En 2017, Fontcuberta dio una conferencia en Bolonia sobre el poder mitificador de las imágenes, explicando -airadamente- lo sencillo que es imitar fotos realizadas de obras de Picasso -creando nuevos Picassos, nuevas obras maestras-, lo fácil que es falsificar a artistas como Man Ray o László Moholy-Nagy o mejor aún, el método de inventar fotógrafos como Vivien maier o Charles Jones, según él, artistas inventados por su camarilla de enterados. Fontcuberta da por finiquitado el supuesto realismo fotográfico -y no sólo ahora, sino ya desde su conferencia en la Fundación Juan March, el 27 de mayo de 1983- siempre demostrando ir un paso por delante, siempre disfrazado como un mago de Oz a la catalana, desvelando sus trucos -y los ajenos, en un disfrute ininteligible-, en un intento final -decadente- de destripar lo artístico antes de desaparecer, confundiendo arte y política, arte y vida, pero ¿qué intenta este mercachifle de la nada, este performer cascarrabias? Según él, la autoría es un proceso de fabricación ideológica, cultural y económica y por tanto, artificial, maleable; un constructo, un teatro, un convencimiento, pero ¿qué no lo es? ¿o es que acaso el personaje Joan Fontcuberta no es una ficción más, la careta de un joven con miedo a no ser nada en la vida?
La última sorpresa de Fontcuberta -en la mencionada conferencia- es la presentación de Ximo Berenguer un personaje ficticio detrás del que se esconde el propio Fontcuberta, ¿por qué no firmar esas fotografías de los años 70' con su propio nombre? Temor y temblor, los mismos males padecidos por lo postmoderno, por el realtivismo. O sea, que toda la charla -bastante casposa por otro lado copada de palmeros risitas- sirve para justificar un mínimo ingenio desarrollado por él mismo, una gamberrada que pierde todo su poder, toda su magia, al confesar el truco. La antimagia como filosofía, como principio, ¿dónde queda la ilusión? El pobre Fontcuberta no sabe qué hacer, está confundido: lleva toda su vida intentado ser un fotógrafo de ley, mas su obsesión por la historia fotográfica y la tecnología le ha llevado a un callejón sin salida, a ser un mero instrumento de la innovación, de lo fake. El pensamiento débil; capitalismo.
Hoy, Fontcuberta está considerado como uno de los grandes gurús del arte de la instantánea, del arte de las apariencias. La cuestión es al ver sus imágenes, al asistir a sus innúmeras exposiciones- plantearse el hecho de que la verdadera mentira de todo ésto son en verdad sus planteamientos, sus bufonadas, su soberbia pasada de vueltas en torno a lo real o a lo artístico, territorios que después de toda una carrera, Fontcuberta parece haber olvidado.
La sabiduría no da el poder, lo da la necedad, la ignorancia, pero ¿qué es lo que ignora Fontcuberta, el mayor conocedor de la disciplina fotográfica del globo? 
En los últimos años Fontcugerta aparece espléndido y orgulloso de dominar un mundo que cree que ni se le escapa, ni le engaña, realizando múltiples exposiciones postmodernas -hápticas- muy pasadas de moda o demasiado tendenciosas, intentando darse un valor a él mismo, ensalzando su innovación constante, siempre con un gesto arrogante, mentiroso, simple. Por mucho que Fontcuberta insista  e intente desmitificar lo que él nunca consiguió -un verdadero lugar en la historia del arte-, lo verdadero sigue siendo la ley del más fuerte, del Arte con mayúsculas, del espíritu humano y no de las máquinas, pues lo orgánico, la luz y las formas siguen existiendo aunque ya no se fijen en haluros de plata y atraviesen lo electrónico como lenguaje. Tal vez la traición de lo analógico volvió loco a este investigador frustrado, autor de libros interesantes -como Historias de la fotografía española: escritos 1977-2004 o La caja de Pandora- quien en un determinado momento, tiró la toalla de lo real y se lanzó al océano de la fantasía. Desde hace años bucea en ese líquido amniótico en el que cree ser un pionero de algo que no es más que la misma cultura kitsch que lleva gobernando el negocio del arte desde hace 30 años. 
Cada uno que se consuele con lo que pueda.
Ya lo dijo Boecio. 
Si aplicásemos la perspectiva de Fontcuberta a las demás artes, hoy no podría pintarse nada con óleo, no podría escribirse nada con grafito, no podría esculpirse nada en barro, filmarse nada en imágenes reales. Según él todo está inventado y captado y sólo la manipulación y el fake tecnológico -su territorio personal- están justificados. Según él, ya nadie puede inventar nada de valor. Todo debería ser un asunto de la IA.
¿Es esto entonces un impotente intento del señor Fontcuberta para infravalorar todas las artes y quedarse con la perra gorda? ¿No trata todo este largo entremés en tener razón sobre algo incomprensible? 
El arte nunca fue hogar de nihilistas.
¡Viva Vivien Maier!