Los juicios ilógicos conducen a una experiencia nueva. Sol Lewitt

JORDI TEIXIDOR: VEHÍCULO CONCIENCIA

 

  NO-RES

Vehículo conciencia

 

Qué decir, qué hacer con Jordi Teixidor, qué hacer con el hijo pródigo de la Escuela de Cuenca, convertido -en su madurez- en un místico de las formas a lo Malévich más allá de Malévich. Este admirador de Frank Stella que combina la memoria, el engaño y la razón, este discípulo del ingenio de Gustavo Torner obsesionado con las repeticiones de Monet, con las variaciones de la luz, creador de catedrales con apariencia de bandas de color, estrena una retrospectiva en Madrid (Alcalá, 31) que es, sin duda, de lo mejorcito de la temporada.





¿Qué es lo que vemos, por qué lo vemos, hacia dónde miramos? Teixidor nos trae una nueva ordenación de ese lenguaje misterioso llamado pintura, ese indescifrable código que conduce -instantáneamente- al placer de la locura o a su inversa. Sobre territorios ya investigados por pioneros como Barnett Newman o Ad Reindhardt, el valenciano propone su cuestión favorita: ¿qué es la pintura? Franjas que no llegan a ser franjas, que no cortan, que no finalizan. Juegos minúsculos llenos de laberintos con apariencia de superficies monócromas.



Hay que torcer los ojos y hay que virar el alma para emprender el trayecto y viajar por los desfiladeros erigidos por este paisajista abstracto copado de siluetas y misterios, de contraluces descubiertos a través de una cerradura, de una ranura donde los planos se agolpan.


Recuerdos de Rothko por un lado, de Gerardo Rueda por otro. Todo el universo de la abstracción sintetizado en un artista que tuvo la suerte de vivir en directo aquellas primeras décadas de esa tradición inventada por Clement Greenberg y Harold Rosenberg y que resucitó el concepto del cuadro, el concepto de la pieza artística, del objeto efímero de lo mental. Todo es la idea -el pensamiento- hasta que en los márgenes suceden cosas inesperadas.







Todo artista nace de una influencia, toda pintura es también una escultura, una arquitectura de lo trascendente como un poema de Mallarmé inventando un nuevo tipo de realidad, descubriendo lagos ocultos, nuevas fuentes del Nilo. La abstracción es un tipo de resistencia, una actitud obsesiva que se convierte en enfermedad, en pasión desenfrenada, en apuesta única. La visión es clara: sólo existe un pintor y una pintura que se expande.

Gestos de Yves Klein, de Phil Sims, de Francesco Lo Savio. Entre el vaciamiento y la negación, entre la afirmación de la vida y de la mente navega Teixidor, vislumbrando la Nada como un milagro, multiplicando los lenguajes y el mundo, encaramándose a la aurora donde la expresión se hace entendimiento, donde apartarse a un lado y observar se instaura como el único gesto poético posible.


Ser y mundo cohabitan en paralelo a la vida de la pintura, a la mente de un Teixidor abrumado por la relectura de la mística, por la pictórica del origen, por el terco destino de encontrar un punto de reflexión que haga avanzar la ola que redescubra el pasado donde no hay percepción pero sí conciencia.

 


Su obra es un vehículo místico donde la idea misma del Arte toma aire, cierra los ojos y se deja llevar por el frescor del viaje, por la velocidad del sonido y la palabra, rodando por encima de la carretera de las apariencias -por encima del miedo y las dudas- hasta evocar a Ellsworth Kelly y Bruno Munari, hasta soñar con Daniel Buren o El Lissitzky.






 

Su parentesco natural con la obra del inmortal Matisse, con la esencialidad de Liubov Popova, con los poemas simbolistas... le hace indestructible, como si sus muros de color rodeasen al público y le hicieran invisible, sometido a una extraña dimensión dinámica llena de trampantojos y secciones que fragmentan la realidad en sí misma, abriendo intersticios inconmensurables, de incalculada consecuencia.


La inmensidad de Rothko, la profundidad de Franz Kline, la extraña geometría de Lee Krasner, los cuadros de Hans Hofmann; todo está unido por una fina linea de coincidencias sublimes y juegos de baldosas fantásticas. Un auténtico camino de Oz, pero, ¿hacia dónde? Hacia una selva oscura donde la pintura es un equivalente a una máquina difusa que nos mueve hasta la idea misma del arte: ese ajedrez constituido de sonidos y palabras que no dejan de suceder.


 

En definitiva: una expo imprescindible, no para la temporada sino para los tiempos que corren llenos de intrusos y falsarios que están convirtiendo la cultura y el arte en memeces soporíferas. No-res de Jordi Teixidor es una exposición sobre la inexistencia, la ausencia, el vacío como imperio, como poder, como resistencia frente a una realidad adulterada, tóxica y demente. Un toque de elegancia y mesura en medio de la barbarie.


 

La sensibilidad de Teixidor es tal que, aunque no comprendamos nada, nos ayuda a asumir que nada es comprensible. Hay que dejar que el artista-mago cumpla su función dentro de la tribu. Dejarle caminar al revés, entrar en trance, hablar con los muertos. Teixidor, en una versión contemporánea del chamán, fija visiones alucinadas en trozos de tela, creando la extraña ilusión de la invidencia, de la anulación de los sentidos, del apagón sensorial. Toda mente se apaga y comienza a funcionar el instinto; fuerzas primarias, imanes crípticos dominando al observador, creando fuerzas de atracción y repulsión indiscriminadamente.

Un lujo.